Las luces de Moscú parpadeaban como diamantes rotos, reflejándose en las paredes del Ferrari negro, mientras la silueta elegante del vehículo surcaba las calles empapadas de un silencio pesado. En el asiento de al lado, Alexandra estaba sumida en sus pensamientos, pero su cuerpo hablaba un lenguaje más elocuente que cualquier palabra que pudiera salir de sus labios.
El rugido del motor apenas rompía la quietud de la noche, pero el aire en el coche se sentía denso, cargado de una tensión palpabl