La ciudad de Moscú permaneció con un frío cortante que teñía las avenidas de un blanco cristalino.
— Te dejaré en la Mansión Orlov — Expuso Mikhail.
— Me parece bien — fue la respuesta de la mujer.
El reloj marcaba las nueve en punto cuando el automóvil negro de Mikhail Baranov se detuvo frente a la Torre Baranov, aquel rascacielos que se erguía como símbolo de poder y dominio sobre la capital rusa. El sol apenas asomaba entre las nubes grises, proyectando destellos sobre los ventanales del edi