La Mansión Orlov se encontraba iluminada en tonos cálidos, el contraste perfecto frente al manto blanco que cubría el exterior. La nieve no cesaba de caer en Moscú, tiñendo el paisaje de un silencio solemne, como si la ciudad entera estuviera en pausa para ser testigo de los preparativos de una unión que prometía marcar un antes y un después en el inframundo ruso.
Esa noche, la mesa del comedor principal estaba dispuesta con precisión inglesa: cubertería plateada, manteles blancos sin una sola