Las puertas dobles del despacho de Alexandra Morgan se abrieron con un suave crujido. Los tacones negros resonaron con autoridad sobre el mármol gris de la Mansión Orlov mientras ella cruzaba el amplio pasillo, dejando tras de sí el aroma a cuero caro, decisión y perfume con notas de almizcle.
El motor del Ferrari rojo rugió como un animal despierto al contacto con su mano. Condujo sin prisa, pero con una seguridad que partía el aire. Las calles de Moscú se deslizaban ante ella como un tablero