El amanecer en Moscú tenía ese aire de poder y nostalgia que solo una ciudad como esa podía ofrecer. Afuera, los tejados estaban cubiertos con una fina capa de escarcha que comenzaba a derretirse lentamente, mientras los primeros rayos del sol acariciaban los ventanales de la Mansión Orlova. Dentro, un suave aroma a café recién hecho llenaba el ambiente, como un abrazo cálido en medio del frío invernal.
Alexandra Morgan estaba de pie en la cocina, con una taza entre las manos y la mirada perdi