La noche había abrazado Moscú consu manto oscuro y helado. Los muros de la Mansión Baranov, alzados entre la soledad y el lujo, no lograban atenuar la intensidad que hervía bajo la piel de su dueño.
Las puertas se cerraron con un golpe seco tras Mikhail, quien no dirigió palabra alguna a los guardias ni a los sirvientes. Su andar era directo, decidido… casi desesperado. Subió las escaleras como si el silencio de la casa le molestara, como si en cada paso necesitara alejarse de algo que lo perse