La noche había caído sobre Moscú con la crudeza de un invierno que no perdonaba. Afuera, la lluvia golpeaba contra los ventanales de la Mansión Baranov como un tambor implacable, acompañada por ráfagas de viento que hacían crujir los árboles del jardín. El cielo estaba completamente cubierto de nubes densas, y cada relámpago que rompía la oscuridad proyectaba sombras inquietantes sobre la ciudad. Era una noche fría, áspera, la clase de noche en la que muchos buscaban refugio en sus hogares.
Dentro de la mansión, sin embargo, el ambiente era distinto. Allí, en la suite principal, el calor de la chimenea encendida ofrecía un contraste perfecto al caos de afuera. El resplandor del fuego bañaba la habitación en tonos dorados y anaranjados, reflejándose en los muebles de caoba y en los cristales de los candelabros. Era un escenario íntimo, uno que parecía pertenecerles solo a ellos.
Mikhail, aún con el peso del disparo en su cuerpo, se dejaba guiar por Alexandra. Ella, con su porte elegant