La madrugada se había ido desvaneciendo en un manto grisáceo que poco a poco se transformaba en el amanecer lluvioso de Moscú. El cielo estaba cubierto de nubes pesadas, y el golpeteo constante de la lluvia contra los ventanales de la Mansión Baranov impregnaba el ambiente de un aire melancólico y peligroso, como si la ciudad misma susurrara secretos que jamás podrían ser revelados.
Dentro de la habitación principal, el contraste era evidente: el calor de la chimenea que aún mantenía vivo un fuego tenue, las cortinas entreabiertas dejando ver la silueta difusa de los árboles bajo la tormenta, y la quietud de la cama amplia donde Mikhail Baranov descansaba, con Alexandra Morgan a su lado.
Ella fue la primera en abrir los ojos. La luz tenue del amanecer iluminó su rostro delicado, y por unos instantes se quedó inmóvil, contemplando al hombre que yacía a su lado. A pesar de la herida que había puesto su vida en riesgo, Mikhail seguía emanando esa fuerza indomable, esa presencia de un rey