La tarde se deslizaba lenta, pesada, como si el mundo entero se hubiera detenido en ese rincón de la casa. Brooke estaba en su habitación, sentada junto a la ventana entreabierta. Tenía un libro abierto sobre las piernas, aunque hacía rato que no pasaba de la misma página. Su mente no estaba allí. No del todo.
El murmullo lejano de la televisión en el salón y el sonido de la lluvia suave contra el cristal le daban una extraña sensación de aislamiento. Y, sin embargo, no era del todo incómodo. E