Habían pasado tres años.
Mil cien días de vacío.
Mil cien amaneceres sin su voz, sin sus brazos, sin su mirada clavándose en la suya como un ancla en mitad del caos.
Brooke había contado cada uno de ellos.
Al principio con desesperación, después con furia, y más tarde... con una frialdad que había aprendido a vestir como una segunda piel.
Los golpes de la vida no la habían matado. No todavía.
Pero la Brooke que se miraba ahora al espejo ya no era la misma chica que había llorado abrazada a un a