El tic-tac del reloj del despacho de Aleksei resonaba con una cadencia lenta, casi hipnótica, mientras Brooke pasaba las yemas de los dedos por el borde de su cuaderno abierto. No escribía, solo pensaba. A su alrededor, el silencio era espeso, como si la casa contuviera la respiración. El aire olía a madera encerada, cuero y esa fragancia inconfundible que siempre parecía envolver a Alekséi. Pero nada de eso lograba calmar el torbellino dentro de su cabeza.
Brooke estaba sentada en una butaca f