El reloj marcaba las tres de la madrugada cuando Brooke abrió los ojos de golpe. La habitación estaba en penumbra, solo iluminada por el resplandor intermitente de una tormenta que se cernía sobre la ciudad. Las gotas golpeaban la ventana con furia, como si el cielo quisiera acompañar el caos que ella sentía dentro.
No podía dormir.
El pecho le latía con una mezcla de ansiedad y deseo, confusión y certeza. Todo había cambiado desde que su madre se marchó. Desde que Aleksei le pidió que se queda