El zumbido del secador era lo único que llenaba el pequeño baño del bar esa tarde. Brooke se miraba en el espejo empañado, secándose el pelo con movimientos rápidos. Había terminado su turno hacía unos minutos, y fuera, una tormenta inesperada había empezado a descargar con furia lo cual la obligó a volver al bar. Trueno tras trueno, la ciudad parecía estremecerse.
Dejó el secador sobre la encimera, se recogió el pelo en un moño alto improvisado y suspiró. Había sido un día largo. Clientes borr