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Capítulo 5 – Brillantes ojos

Capítulo 5 – Brillantes ojos

Dana

Una vez en el coche, Carlos comenzó a explicarme con mayor detalle en qué consistiría mi trabajo. Su tono era serio, casi solemne, como si estuviera recitando un reglamento no escrito.

—Vas a vivir en una casa con tres personas más —me dijo—. Espero que no tengas problema con eso.

—Ninguno —respondí de inmediato—. En la entrevista que me hicieron en Uruguay ya me lo habían aclarado. No tengo inconveniente alguno, ni siquiera si es una casa mixta. Confío en que nos llevaremos bien.

—Tienes que entender que serás la única extranjera —continuó—. Ellos no hablan tu idioma y tú no hablas el suyo. Al principio puede ser complicado.

—Existen los traductores —contesté—. Puedo instalar una aplicación en mi teléfono.

—Sí, eso será útil —asintió—. De todas formas, te aconsejo que te inscribas en algún curso de coreano por internet. Salir del complejo, a menos que tengas un permiso especial o sea tu día libre, está prohibido. Al igual que interactuar con personas que no formen parte del staff. ¿Te ha quedado claro?

—Clarísimo —respondí sin dudar—. Sabía que iba ser así y acepté venir.

Carlos hizo una breve pausa, como si evaluara si debía decirme algo más.

—Hay otra cosa importante —añadió—. No puedes hablar con los miembros del grupo bajo ningún concepto, a menos que ellos se dirijan a ti primero. Y, si eso sucede, debes ser amable, respetuosa y lo más breve posible.

—Tampoco es que vaya a acosarlos, Carlos —le recordé—. Ya te lo he dicho.

—Dana —me miró con seriedad—, tienes que empezar a comprender que esta es una cultura muy distinta a la que estás acostumbrada. Aquí hay cosas que para ti pueden ser normales o incluso bien intencionadas, pero que pueden interpretarse como una grave falta de respeto. Debes manejarte con extremo cuidado, con pie de plomo. No hagas caso a nadie del staff, no sigas consejos ajenos. Si tienes dudas, problemas o cualquier situación extraña, vienes directamente a mí. A mí y a nadie más. ¿Me comprendiste?

—Perfectamente —respondí—. Quédate tranquilo, no voy a fallar.

Carlos no dejaba de darme instrucciones. Se lo agradecía profundamente, aunque, por momentos, su actitud me parecía un tanto extrema. Para él, los miembros del grupo eran casi dioses intocables. Yo no quería perder mi trabajo bajo ninguna circunstancia, pero aun así sentía que exageraba.

Después de casi una hora de viaje, llegamos a un complejo enorme. En mi país, algo así se asemejaría a un barrio privado. Todo estaba rodeado de verde y el camino de acceso estaba flanqueado por árboles de cerezo, típicos de Corea. Era primavera y las flores blancas y rosadas cubrían las ramas en todo su esplendor.

El paisaje era simplemente maravilloso.

Estaba tan absorta mirando por la ventanilla que, sin darme cuenta, tenía la boca abierta. De pronto sentí una mano bajo mi barbilla que empujó suavemente mi mandíbula hacia arriba.

—Vamos, cierra la boca —dijo Carlos entre risas—. Vas a empezar a babear.

Soltó una carcajada estruendosa.

—Sí —respondí sonriendo—, perdón, ni me di cuenta —volví a mirar hacia afuera—. Es que es realmente hermoso.

Tras pasar por otro control de seguridad, y ahora entendía perfectamente por qué había tantos, llegamos a una de las construcciones del predio y el coche se detuvo.

—Bueno, Dana —dijo Carlos—, hemos llegado. A partir de ahora, vivirás aquí mientras dure tu contrato con la empresa.

—Espero que sea por muchos años —respondí sonriendo mientras bajaba del coche.

—Por ahora serán dos —aclaró—, con una revisión a los seis meses. Después se verá.

Casi no lo escuché. Comencé a caminar, observándolo todo con atención, girando sobre mí misma para no perder ningún detalle. Fue entonces cuando quedé completamente inmóvil.

Un vehículo pequeño, de esos que se usan en los campos de golf, pasó frente a nosotros. El conductor llevaba uniforme, y en el asiento del acompañante iba nada más y nada menos que Park Geon-ki.

Por unos segundos, nuestras miradas se cruzaron.

Él me regaló una sonrisa amplia, luminosa. Yo se la devolví de inmediato, incluso levanté la mano y la agité en un gesto espontáneo. El coche siguió su camino y desapareció entre los árboles.

Cuando miré a Carlos, su expresión había cambiado. Fruncía el ceño con evidente desaprobación.

—¡Era Geon-ki! —exclamé sin poder contenerme—. ¡El mismísimo Park Geon-ki!

—Sí, Dana —respondió con calma forzada—. Y te lo cruzarás a menudo. Incluso varias veces al día, al igual que al resto de los miembros. Pero no vuelvas a saludarlo de esa manera. No estás en tu país. Aquí corresponde hacer una reverencia.

—Perdón —dije enseguida—. Es la falta de costumbre. Te prometo que no volverá a pasar.

Sonreía todavía, incapaz de ocultarlo.

—Es que me sonrió… y no pude evitarlo —agregué, soltando un suspiro profundo.

—Ni creas que eres la única chica a la que Geon-ki le provoca eso —dijo con tono seco—. Así que no te ilusiones. Seguro se olvidó de haberte visto apenas giró la esquina.

Sus palabras fueron un golpe directo.

Mi felicidad se desvaneció en cuestión de segundos.

Geon-ki

Después de la charla, poco agradable, con mi padre, regresé de inmediato al complejo. Pedí que uno de los coches de la empresa me llevara de vuelta y, al llegar a la entrada principal, llamé a Jin para que fuera a buscarme y me llevara a casa.

Atravesamos el sector donde vivían los miembros del staff. Entonces la vi.

Carlos estaba parado frente a una de las casas, acompañado por una joven. Era la misma chica que había visto en el edificio de la empresa, aquella a la que creí, erróneamente, una coreógrafa. Ahora comprendía que no lo era; esa zona estaba destinada al personal auxiliar.

Cuando nuestras miradas se encontraron, sentí un estremecimiento recorrerme el cuerpo.

Sin pensarlo, le sonreí.

Ella me devolvió la sonrisa y agitó la mano con entusiasmo. Por un instante deseé que Jin redujera la velocidad del vehículo, pero no lo hizo. El coche siguió avanzando y no tuve oportunidad de corresponder su saludo.

No sabía por qué, pero esa chica lograba ponerme nervioso.

—¿Te encuentras bien, Geon-ki? —preguntó Jin, mirándome de reojo.

—Sí —respondí, sacudiendo la cabeza—. ¿Por qué lo dices?

—Porque estás completamente sonrojado —comentó—. Hasta las orejas. Y eso no es habitual en ti.

—No digas tonterías —repliqué, aunque sabía que tenía razón. Sentía el rostro arder, como si me estuviera quemando.

—¿Será por la joven que vimos con Carlos? —preguntó con una sonrisa cómplice—. Es muy bonita, ¿no?

—No sé de qué hablas —respondí—. Apenas la vi.

—¿De verdad?

—Sí, de verdad. Además, ya me había cruzado con ella en las oficinas. Creí que era una coreógrafa nueva, pero vive en el área del staff auxiliar.

—Si quieres, puedo averiguar quién es…

—No, Jin —lo interrumpí—. No es tu trabajo.

—Mi trabajo es mantenerte contento —rió—. Y sospecho que esa joven podría lograrlo con facilidad.

—¡Cállate ya! —le dije, dándole un golpe suave con el puño en el hombro—. Deja de decir tonterías.

Pero, aun así, no pude evitar que su imagen volviera a mi mente.

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