El apartamento queda en silencio en el momento en que escucho la puerta del elevador, cerrarse detrás de papá y Alexander. El eco de sus voces, llenas de entusiasmo por el partido de béisbol, todavía flota en el aire, pero poco a poco se disipa. Yo permanecí unos segundos quieta, como si estuviera midiendo la calma que nos dejan. Luego giro la cabeza hacia mamá, que ya se está acomodando el bolso en el hombro, y nos miramos con una complicidad que pocas veces necesito explicar con palabras.
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