La tarde cae sobre Nueva York con ese resplandor anaranjado que hace parecer que la ciudad entera arde suavemente. Las luces de los escaparates comienzan a encenderse, los taxis amarillos parecen multiplicarse y el bullicio, lejos de apagarse, se vuelve más vibrante, como si la ciudad despertara una segunda vez. Mamá y yo caminamos hacia el ático con paso lento, sin querer admitir que el día está llegando a su fin.
Pero yo no podía dejar de pensar en Logan y su propuesta.
La conversación en el