Hubert me ofreció, entonces, un contrato millonario para ser su esposa. Me envió los pormenores del vínculo a mi móvil, a través de su abogado. El letrado consiguió el número mediante Daysi. Ellos eran amigos y mi abogada no sabía que yo no quería hablar ni ver a Hubert porque sabía de sus intenciones. Eso fue culpa mía. A esa altura de mi vida yo me había tornado en una mujer misteriosa, enigmática, encofrada en mí misma y que vivía metida en las sombras de las dudas. En ese sentido yo extrañ