Hubert me esperó pacientemente en la mampara de salida del aeropuerto. Estaba demasiado impaciente, nervioso, dando vueltas como un búfalo encerrado en un corral. Se estrujaba los huesos de los dedos, soplaba humo a raudales y le disgustaba, también que los pasajeros de tránsito en el terminal aérea, no lo reconocieron, no le pasaran la voz, no le pidieran autógrafos o se tomaran selfies a su lado. Él se había enterado por el internet de mi exitosa estadía en Japón y sentía muchos celos por