Sentada frente al mar junto a mi hija, viendo las olas estrellarse en la playa, el vuelo grácil de las gaviotas, el cielo límpido, pintado de celeste, y disfrutando del murmullo intenso del océano repitiendo mi nombre, me preguntó ella, de repente, qué ha sido de mi vida, quién fui, qué hice y si alguna vez fui feliz. Yo me casé diez veces y, sin embargo, al final me quedé sola, únicamente con mis recuerdos atesorados en lo más hondo y profundo de mi corazón. Mis amigas dicen que yo fui una desquiciada, que no valoraba a los hombres, que nunca supo lo que es la felicidad, que jugaba con los sentimientos de la gente y que me aproveché siempre de mi belleza para engatusar, engañar y mortificar, como una vampiresa que disfrutaba de la sangre ajena. Eso decían. -Has sido siempre una femme fatale, una vampiresa-, reían ellas mortificándome. Peor opinión de mí la tenían mis enemigas, por supuesto. Me tildaban de demonio, sátrapa, malvada y ruin, sin corazón y por eso, afirmaban, yo
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