Los guardias de seguridad de Alexander King se llevaron a Alan arrastrándolo por el pasillo. La impotencia lo enloqueció por completo.
—¡Me las vas a pagar, imbécil! ¡No sabes con quién te estás metiendo! —gritó con la voz desgarrada, sus palabras rebotando en los muros del hospital.
Alan me miró con furia, su rostro un espejo de odio.
—Y tú, Aurora, te vas a arrepentir por haberme ocultado esto.
Las palabras ya no me afectaban. Habían perdido su significado. Un cansancio abrumador se apode