Alan soltó una carcajada. Una risa que no era de alegría, sino de un desprecio tan crudo que me heló la sangre. Me miró, con los ojos ardiendo de rabia, pero su cara aún no comprendía la verdad. Para él, mi dolor era una farsa, una mentira que usaba para manipularlo.
—Eres tan despreciable que te atreves a usar una mentira como esa para desquitarte porque no he estado con ustedes en el hospital —escupió, y las palabras se clavaron en mí como agujas.
—Sigue pensando lo que quieras, maldito imbéc