El sedante del doctor se disolvió en mi torrente sanguíneo, llevándome a un abismo de inconsciencia. Dormí por un largo tiempo, pero el descanso, en lugar de ser reparador, se sintió como una tregua temporal. Cuando desperté, un silencio pesado me rodeaba. La luz que se filtraba por la ventana me indicaba que el sol ya estaba alto. Mi mente, lentamente, comenzó a reconstruir los fragmentos de la noche anterior: el rostro desfigurado de Alan, sus gritos de rabia, la mano firme de Alexander King,