Las enfermeras trataban de controlarme, pero yo estaba fuera de mí. Gritaba, lloraba, forcejeaba con todas, incapaz de aceptar lo que acababa de escuchar. El simple pensamiento de que Alan pudiera hacer un uso indebido de las cenizas de Tommy, o incluso desaparecerlas, me desgarraba el alma.
—¡Déjenme! —supliqué entre sollozos, con la voz rota—. Ese desgraciado se llevó lo único que me quedaba de mi hijo.
Intentaban sujetarme para darme un sedante, pero mis movimientos eran frenéticos. Entonces