Conducía a toda velocidad, con las manos aferradas al volante y la vista fija en la carretera. Cada metro recorrido me parecía eterno. Me arrepentía de no haberle avisado a Alexander, de haberme precipitado sin pensar, pero la impotencia me había ganado. El solo hecho de imaginar que Alan pudiera desaparecer lo único que me quedaba de Tommy me hacía vulnerable, y esa vulnerabilidad me ponía a merced de ese desgraciado.
Las luces de la mansión se veían a lo lejos cuando llegué. Para mi sorpresa,