El aire en la mansión King se sentía viciado, como si el oxígeno se negara a entrar en mis pulmones. Estaba sentada en el gran sofá de la estancia, con las manos entrelazadas con tanta fuerza que mis nudillos habían perdido todo color. Alexander caminaba de un lado a otro, su presencia imponente llenando cada rincón, mientras Robert permanecía de pie frente a nosotros, sosteniendo una tableta electrónica como si fuera una granada a punto de estallar.
—Ponlo de una vez, Robert —ordenó Alexander,