Alexander alzó a Aurora en sus brazos, dando vueltas con ella como si fuera un adolescente en sus mejores días. Estaban radiantes y más enamorados que nunca. Se sentían felices de que, por fin, la tormenta hubiera pasado y los malos entendidos se hubieran quedado atrás, dando paso a la dicha absoluta.
—Te adoro, pequeña. Tú y Max son lo que más amo en esta vida —dijo él, con una sonrisa que le iluminaba el rostro.
—Yo también te amo, loquito, pero por favor bájame. Vayamos a la casa, todos debe