El mayordomo condujo a Karoline hasta el impresionante despacho de Arthur Hamilton. La puerta se abrió con un chirrido de metal pesado, y ella caminó al interior con pasos temblorosos. Arthur la esperaba recostado en la silla frente a su escritorio de caoba, con la misma mirada fría que era capaz de causar el terror absoluto. La recorrió de arriba abajo, analizando su figura como si fuera mercancía.
—Vaya, vaya, mi querida Karoline —dijo él, su voz grave—. Definitivamente tú eres como los buen