Inicio / Romance / Mi perfecto profesor prohibido / Capítulo 5: El incendio de las reglas
Capítulo 5: El incendio de las reglas

La penumbra del pasillo se disolvió bajo el impacto de la realidad. Damián Salguero sentía el pulso acelerado de la mujer contra su propio pecho, y esa cintura, pequeña y firme, encajada perfectamente en la palma de su mano. Bajó la mirada por completo y se topó con un par de ojos verdes que parpadearon, primero con el espanto del tropiezo, y de inmediato, con una chispa de absoluto triunfo.

Valeria Morales sostenía la respiración, pero la sorpresa en su rostro duró apenas un suspiro. Su vestido de satén verde oliva, corto y de tirantes finos, se amoldaba al cuerpo del profesor con una osadía que desafiaba cualquier norma académica.

—Vaya, profesor... —susurró Valeria, con la voz pastosa por el trago que acababa de tomar y la audacia multiplicada por la adrenalina—. Al final resultó que el destino es bastante más flexible que su programa de estudios.

Damián tardó un segundo exacto en reaccionar. Un segundo donde sus dedos parecieron presionar la calidez de su costado antes de que la razón regresara a su mente como un latigazo. Con un movimiento brusco y distante, la soltó, dándole un paso atrás para recuperar la distancia reglamentaria. Sus facciones se endurecieron, transformándose en la misma máscara implacable del aula.

—Señorita Morales. Qué desagradable coincidencia —dijo Damián, con una voz profunda que pretendía cortar el aire, aunque la rigidez de sus hombros lo delataba.

—¿Coincidencia? Yo lo llamaría justicia poética —Valeria se agachó con una lentitud calculada, recogiendo su teléfono del suelo sin dejar de mirarlo desde abajo. Al ponerse en pie, se acomodó un mechón de su lacio cabello rubio con un gesto felino—. Me dejó con la palabra en la boca esta tarde, y mire dónde venimos a encontrarnos. En mi terreno. Aquí no hay directores que lo salven, Salguero.

Damián miró a su alrededor de reojo. El pasillo del bar del club náutico seguía en penumbras, pero la música house y el movimiento de la gente en la terraza los rodeaban. La sola idea de que alguien de la facultad, o el propio Facundo, los viera en esa postura le revolvió el estómago.

—Usted no debería estar aquí. Este es un club privado —sentenció él, cruzando los brazos sobre el pecho, tratando de imponer su autoridad por el puro peso de su presencia.

—Mi papá es socio vitalicio, profesor. Ya le dije que el mundo es un pañuelo... y que paga muy bien —respondió ella con una sonrisa coqueta, dando un paso corto hacia él, rompiendo de nuevo la distancia.

Damián sintió que la sangre le hervía. Se inclinó sutilmente hacia ella, con los ojos oscuros encendidos en una furia fría.

—Escúcheme bien, Morales. No me importa quién sea su padre, ni qué mitos urbanos decida inventar sobre mi vida. Usted es mi alumna, una alumna con un desempeño mediocre, por cierto. Lo que pasó en mi oficina fue una falta de respeto, y lo que está haciendo ahora bordea el acoso. Aléjese de mí.

Valeria, lejos de amedrentarse por el tono gélido, dejó escapar una risa suave, un sonido cristalino que pareció golpear el orgullo del profesor.

—¿Acoso? Por favor... Si fue usted el que me atrapó en el aire. Y déjeme decirle que para ser un hombre tan correcto, tiene un agarre bastante... firme. Me dejó marcada la cintura, Salguero.

—Salga de mi camino —ordenó Damián, dando un paso lateral para esquivarla.

Pero Valeria fue más rápida. Apoyó una mano sobre el pecho de la chaqueta de traje de Damián, deteniéndolo. El contacto físico fue eléctrico. Damián se quedó estático, mirando la mano de uñas perfectas sobre su ropa como si fuera un artefacto peligroso.

—¿Sabe qué creo? —dijo ella en un susurro, dando el último paso que los separaba, obligándolo a respirar su perfume—. Creo que tiene miedo. Miedo de que la niña mimada descubra que el Ogro Salguero no es de piedra.

Él mantuvo la mandíbula apretada, pero Valeria no esperó su respuesta. Bajó la mirada por el frente de su chaqueta de traje hasta detenerse en la mano de Damián, que colgaba rígida a un costado, justo a milímetros de su cadera. Sus ojos verdes se fijaron de inmediato en su dedo anular. Estaba completamente desnudo. No había rastro de una alianza de matrimonio.

—Y también veo... —continuó ella, rozando con la punta de sus uñas el dorso de esa mano varonil, lo que hizo que Damián se tensara como una cuerda de violín— que el profesor impecable no lleva anillo. Está completamente solo, ¿verdad? ¿Me equivoco, Damián?

La parsimonia de Damián saltó por los aires.

Con un movimiento veloz, Damián le tomó la muñeca, la misma con la que tocaba su pecho, y la obligó a bajarla, pero no la soltó. La arrastró apenas unos centímetros hacia el rincón más oscuro del pasillo, empujándola suavemente contra la pared de madera texturada del lugar. Sus cuerpos volvieron a quedar peligrosamente cerca, y esta vez, la respiración de Damián ya no era pausada; estaba cortada, alterada por una mezcla de rabia y una tensión sexual que ya no podía camuflar con leyes ni códigos.

—No sabe nada de mi vida. No sabe el terreno que estás pisando. Juega a la mujer fatal porque creo firmemente que te falta atención, pero te lo advierto: no tientes a la suerte.

Valeria sintió un escalofrío delicioso recorrerle la columna. El pulso le iba a mil por hora. La madurez y la fuerza física del hombre la abrumaban, pero su orgullo se alimentaba de ver las grietas en el muro del profesor. Sus ojos verdes brillaron en la penumbra.

—Muéstreme entonces... —desafió ella, con los labios entreabiertos, subiendo la mirada hacia la boca de Damián—. Muéstreme qué pasa cuando se pasa el límite. Dé el castigo que dice que no puedo manejar.

Damián clavó la vista en los labios de Valeria. Por un instante eterno, el silencio entre ambos fue más ruidoso que la música del bar. Su mano seguía apretando la muñeca de la joven, y el calor que emanaba de ella lo estaba quemando por dentro. El deseo, primitivo y oscuro, batallaba contra veinte años de carrera intachable y una moral estricta. Podía besarla ahí mismo, destrozar su arrogancia con la misma intensidad con la que ella lo provocaba, y demostrarle quién tenía el control.

Estaba a punto de inclinarse, la distancia era mínima, cuando una figura alta apareció en el extremo del pasillo.

—¿Damián?  ¿te fuiste al final o qué...?

La voz de Facundo resonó, buscando a su cuñado entre la gente.

Damián soltó a Valeria como si hubiera tocado fuego. Se apartó de inmediato, dándole la espalda a la joven y acomodándose las solapas de la chaqueta con una velocidad asombrosa, recuperando la compostura antes de que Facundo doblara la esquina del pasillo.

—Estoy aquí, Facundo. Ya salgo —dijo Damián, con la voz extrañamente ronca pero firme, sin mirar atrás.

Facundo asomó la cabeza, entornando los ojos por la penumbra. Logró divisar la silueta del vestido verde de Valeria antes de que ella se diera la vuelta para simular que revisaba su teléfono.

—Ah... disculpa, no sabía que estabas... ocupado —comentó Facundo con una sonrisa pícara, asumiendo lo que cualquier hombre asumiría en un bar nocturno.

—No estoy ocupado. Ya me iba —cortó Damián con frialdad. Miró de reojo a Valeria, que se mantenía de espaldas, aunque el temblor de sus hombros delataba que estaba intentando contener la respiración para calmar el ritmo cardíaco—. Permiso, señorita. Espero verla el lunes en el aula. Y espero que esta vez sí haya abierto un libro.

Damián caminó hacia Facundo, tomándolo del brazo con firmeza para arrastrarlo hacia la salida del club, sin darle la oportunidad de hacer más preguntas o de intentar presentarse.

Valeria se quedó sola en el pasillo, apoyada contra la pared de madera. Se llevó la mano libre a la muñeca que él había sostenido; la piel aún le ardía por la presión de sus dedos. Miró hacia la salida por donde el profesor Salguero acababa de desaparecer.

El sonrojo en sus mejillas ya no era de humillación, sino de pura excitación. Carla se equivocaba. No se iba a quemar sola. Acababa de ver el fuego en los ojos de Damián Salguero, y era solo cuestión de tiempo para que la facultad entera viera cómo se incendiaban sus benditas reglas.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP