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Capítulo 7. El eco de la traición

El vibrar estridente del teléfono celular sobre el escritorio cortó en seco el silencio de la biblioteca. Damián dejó la lapicera a un lado y atendió de inmediato.

—Hola, mi amor —dijo, cambiando su habitual tono severo por uno de profunda calidez.

—¡Papá! Menos mal que me contestas —la voz de Catalina llegó con una energía limpia y desbordante—. Estaba esperando que mamá saliera a la terraza para poder llamarte desde su tablet.

Damián sintió una punzada en el pecho. Catalina ya tenía diez años, lejos quedaba la bebé  que solía cargar antes de la separación.

—Siempre contesto para ti, Cata. ¿Cómo estás? ¿Comiste algo?

—Sí, empanadas de jamón y queso. Pero papá... te extraño muchísimo. Quiero estar contigo.

—¿Estás bien ahí? ¿Te están cuidando?

Al otro lado de la línea se produjo un pequeño silencio. Damián tensó la mandíbula.

—Sí, mamá me cuida... Pero es aburrido —soltó la niña con frustración—. Y además... está él. No lo soporto, papá.

Damián apretó el puño libre sobre el escritorio, arrugando la esquina de un documento.

—¿Pasó algo con él, Cata? —preguntó, forzando a su voz a mantener una neutralidad profesional, aunque por dentro lo quemaba el resentimiento.

—No, nada... Es que habla raro, no es como tú. Quiere jugar conmigo a los bloques pero no sabe, y nunca puedo ver la televisión a solas con mamá. No me gusta que esté aquí. Quiero ir a tu casa. Extraño Buenos Aires, papá.

Damián cerró los ojos, inclinando la cabeza hacia atrás ante la cruda honestidad de su hija.

—Escúchame bien, Catalina. Esta sigue siendo tu casa, y tu habitación está intacta, esperándote. Tú pórtate bien, hazle caso a tu mamá y no te preocupes por el resto. Papá está aquí, puedes llamarme cuando quieras, siempre voy a estar para ti. Debemos tener paciencia, aún falta para las vacaciones escolares. Yo también te extraño mucho, hija.

—Bueno, papá... Te amo. Mamá ya viene de la cocina, tengo que colgar. ¡Te mando un beso gigante!

—Yo te amo más, mi amor. Un beso.

El clic de la comunicación cortada devolvió la habitación a un silencio sepulcral.

Damián se quitó los anteojos de lectura y se frotó el puente de la nariz. La llamada lo había dejado completamente expuesto. Intentó concentrarse de nuevo en el caso judicial que tenía abierto sobre el escritorio, pero fue inútil. Leyó la primera línea tres veces sin procesar una sola palabra.

El violento despertar de la madrugada, con el cuerpo empapado en sudor por ese sueño erótico y desbocado, ya lo tenía perturbado. Y ahora, el reclamo de su hija terminaba de desarmarlo.

Las palabras de su cuñado de la noche anterior volvieron a resonar en sus oídos: «¿Hasta cuándo vas a dejar que lo que te hizo te amargue la vida? ¿Vas a seguir viviendo como un fantasma en esa casa tan grande?».

Con un gruñido ahogado, cerró el expediente de golpe, dándose cuenta de que esa tarde ni las leyes ni el aislamiento iban a ser suficientes para salvarlo de sus propios pensamientos.

Se puso de pie bruscamente, apartando la silla  con un chirrido que resonó en el vacío de la propiedad. Caminó hacia el gran ventanal de la biblioteca, buscando aire, pero la vista del jardín perfectamente podado no le trajo paz. 

Damián cerró los ojos y, de inmediato, el peso del recuerdo lo arrastró cuatro años atrás, directo a la noche en que su mundo, que creía perfecto, se desmoronó.

Había sido un jueves. Damián debía regresar de un congreso de jurisprudencia en Córdoba el viernes por la tarde, pero las audiencias se habían adelantado y él, ansioso por darle una sorpresa a su familia, abordó el primer vuelo de regreso. Llegó a la casa pasada la medianoche. La propiedad estaba en un silencio absoluto. 

Subió las escaleras con paso silencioso, cargando su maletín. Al acercarse a la habitación matrimonial, los ruidos cubrieron el eco de sus pasos. No eran quejidos de dolor, ni el llanto de Catalina. Eran gemidos roncos, jadeos rítmicos y el sonido inconfundible de la madera de la cama crujiendo con violencia.

El aire se congeló en sus pulmones. Con la mano temblando sobre el picaporte de bronce, empujó la puerta.

La luz de las lámparas de noche estaba encendida, tiñendo la escena de un dorado obsceno. Sobre las sábanas de hilo de su cama, Francesca estaba en cuatro, con la cabeza hundida en las almohadas y los ojos entreabiertos por el éxtasis. Detrás de ella, Mauricio la sujetaba con fuerza por las caderas, embistiéndola con un salvajismo ciego, completamente entregado al cuerpo de la esposa de su mejor amigo.

El maletín de Damián impactó contra el suelo con un golpe seco.

El sonido hizo que los dos amantes se congelaran en seco. Mauricio abrió los ojos de golpe, palideciendo al instante mientras se separaba torpemente de ella. Francesca soltó un grito ahogado, dándose la vuelta y arrastrando la manta para cubrir su desnudez, con el rostro desencajado por el terror.

—¡Damián! —chilló ella, con la voz rota—. ¡No... no es lo que parece! ¡Espera!

—¡Hijo de puta! —el rugido de Damián no pareció humano. Fue el grito de un animal herido en lo más profundo de su ser.

Mauricio, temblando, intentó alcanzar sus pantalones del suelo.

—Damián, hermano, por favor... déjame explicarte, estábamos tomados y...

—¡Cállate la boca si no quieres que te mate aquí mismo! —interrumpió Damián, avanzando hacia él con los puños cerrados y los ojos inyectados en sangre.

El instinto racional del abogado desapareció, suplantado por una furia ciega. Damián tomó a Mauricio por el cuello antes de que pudiera vestirse y lo estrelló con violencia contra la pared. El impacto hizo crujir los marcos de los cuadros.

—¡Fuera de mi casa! —le dijo Damián a centímetros de la cara, con una voz gélida que prometía destrucción—. ¡Lárgate!

Lo soltó con desprecio, tirándolo hacia el pasillo. Mauricio, sosteniendo su ropa como pudo y sin mirar atrás, corrió escaleras abajo, huyendo como un cobarde en la oscuridad.

En la habitación, Francesca lloraba desconsolada, temblando sobre la cama revuelta.

—Damián, por favor, mírame... fue un error, una estupidez —suplicó ella, intentando acercarse, extendiendo una mano que él esquivó como si fuera veneno.

—No me toques —respondió Damián. Su voz ya no era un grito; era un susurro helado, mucho más peligroso—. Mañana a primera hora te vas de esta casa. Te llevas tus cosas. A Catalina no la vas a meter en tu fango.

—¡Damián, te suplico, escúchame! —suplicó, intentando tocarle el pecho—. Estaba tomada, no sabía lo que hacía. Perdóname, te lo ruego, no nos dejes caer por esto.

Damián, cegado por la furia y la repulsión, la tomó firmemente por los brazos, deteniéndola en seco. Sus dedos se hundieron en la piel de ella con fuerza, pero al mirarla a los ojos, la náusea lo invadió. La soltó de golpe, empujándola un paso atrás como si tocara veneno.

—Me das asco —sentenció él, con la mandíbula rígida—. No te me acerques. ¿Por qué, Francesca? ¡Dime por qué! ¡En mi propia casa, en nuestra cama! Eres una basura, una miserable infiel que no tiene un gramo de dignidad.

El llanto de ella se detuvo en seco al escuchar los insultos. El miedo en su rostro se transformó rápidamente en una mueca de pura hostilidad. Secándose las lágrimas con brusquedad, se enderezó, clavándole una mirada cargada de odio y veneno.

—¿Que por qué lo hice? —le echó en cara ella, con una risa amarga y desquiciada—. ¡Lo hice porque quería sentirme viva, Damián! Y no me arrepiento. ¿Escuchaste? ¡No me arrepiento de nada!

—Cállate... —advirtió él, dando un paso al frente.

—¡No me voy a callar! —gritó ella, completamente furiosa—. ¿Te crees muy perfecto? ¡Te lo merecías! Para ti lo único que existe es el trabajo, tus casos, tus malditas leyes y la facultad. Me tenías completamente descuidada, abandonada en esta casa enorme como si fuera un adorno más. ¡Me convertiste en un fantasma!

—Eso es mentira —siseó Damián, con los ojos inyectados en sangre—. Nunca te faltó nada. Te di todo lo que querías.

—¡Me faltabas tú! —le escupió ella en la cara, disfrutando del daño que le estaba causando—. Y si tanto te duele, entérate de una vez: ¡No fue la primera vez! Mauricio no fue el único, Damián. Hubo otros. Hubo hombres que sí supieron qué hacer conmigo mientras tú revisabas expedientes hasta la madrugada.

—¡Cállate, maldita sea, cállate! —rugió Damián, sintiendo que el pecho le iba a estallar.

La burla en los ojos de ella fue la gota que derramó el vaso. Incapaz de contener la violencia que le quemaba las venas, Damián descargó un puñetazo con una fuerza descomunal directamente sobre la mesa de noche.

El impacto seco hizo que la madera se astillara y se partiera con un crujido violento, mientras la lámpara y todo lo que estaba encima salía volando, estrellándose contra el suelo en mil pedazos.

Damián abrió los ojos de golpe en el presente, regresando bruscamente a la biblioteca de su casa vacía.

Su respiración seguía agitada y el pulso le martilleaba en las sienes. Clavó la mirada en sus manos; los nudillos le ardían levemente, un reflejo fantasma del golpe que había destrozado la madera cuatro años atrás. El odio, denso y negro, le subió por la garganta. Desde esa fatídica noche, una verdad amarga se le había quedado grabada a fuego en el pecho: las mujeres eran sinónimo de traición, debilidad y caos.

Hundido en la penumbra de la biblioteca, Damián enderezó la postura, recuperando esa rigidez aristocrática que lo caracterizaba. Se acomodó los puños de la camisa con movimientos lentos y calculados. El amor era una estupidez para hombres débiles, una trampa en la que jamás volvería a caer. No iba a entregarle su vida ni su estabilidad a nadie nunca más.

Él seguía siendo un hombre, con necesidades físicas innegables y una virilidad implacable que a veces exigía una vía de escape, tal como había demostrado el cuerpo traicionero esa misma madrugada. Pero Damián había aprendido a resolverlo con la misma frialdad con la que manejaba sus finanzas. Cuando la tensión acumulada se volvía insoportable, recurría a transacciones limpias y discretas. Mujeres hermosas, profesionales del placer, pagadas generosamente para cumplir su función durante un par de horas en una habitación de hotel de lujo y desaparecer sin dejar rastro. Sin nombres, sin preguntas, sin mensajes al día siguiente. Sexo puro, quirúrgico y bajo su control absoluto.

Era la única manera de mantener el orden.

Damián miró el reloj de pared. La tarde avanzaba. Desbloqueó su teléfono privado, seleccionó un número de contacto sin nombre y presionó el botón de llamada mientras caminaba hacia el ventanal de la biblioteca.

Era hora de programar una de esas transacciones impecables.

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