Mundo ficciónIniciar sesiónEl Arrepentimiento del Ex Marido Tres años de silencio, sumisión y un amor que dolía más que cualquier bofetada. Esa era la vida de Alice. Se anuló a sí misma para vivir el sueño de ser la esposa de Davi Montenegro, el capitán del BOPE que la sacó de la miseria y la puso en un pedestal — hasta que el pedestal se convirtió en una jaula. Poco a poco, los celos enfermizos de Davi la aislaron del mundo, hasta que una noche de violencia casi la mata. Alice huyó, pero el amor que sentía por él nunca dejó de existir. Un año después, intenta recomenzar junto a sus amigas Fernanda, Jéssica y Patrícia. Pero el pasado la alcanza en una boda, donde se reencuentra con Davi. La química entre ambos estalla en una noche de lujuria en el baño de la fiesta — y el deseo prohibido la arrastra de vuelta al abismo. Davi, sin embargo, no ha cambiado. Su obsesión solo ha crecido. La vigila, la manipula y planea traerla de vuelta, cueste lo que cueste. Mientras Alice lucha entre la razón y el deseo, Davi descubre un secreto que lo enloquece: Leandro, uno de sus soldados, intentó violarla. El capitán busca venganza contra el agresor y también contra Alice, por haber ocultado la verdad. Ahora, quiere destruir a quien osó tocar lo que es suyo — y recuperar a la mujer que siempre fue suya, aunque para ello tenga que arrastrarla de vuelta al infierno. Entre juegos de poder, obsesión y escenas de una pasión arrolladora, Alice deberá decidir si su corazón está blindado contra el pasado o si se rendirá al fuego del hombre que aún la posee por completo.
Leer másCapítulo 1 - La Separación
Alice 18:50 de la noche, jueves. Ya han pasado cinco años desde que mi vida tomó un rumbo inesperado, desde que el cuento de hadas se transformó en una pesadilla. Cinco años que se dividen en dos partes distintas: un paraíso ilusorio y un infierno real. Durante los primeros tres años, todo era perfecto, mágico, irreal. Davi era el hombre de mis sueños, el príncipe encantado que me rescató de la miseria, que me dio amor, cariño, protección. Era cuidadoso, atento, servicial. Todo para él era yo: mis deseos, mis sueños, mis voluntades. No me faltaba nada: ropa, joyas, viajes, comodidad. Me mimaba, me complacía, me hacía sentir la mujer más especial del mundo. Poco a poco, fue quitándome la libertad, aislándome del mundo, transformándome en su prisionera. Pero yo no lo percibía, estaba ciega por la pasión, por la gratitud. Nunca fue un hombre romántico, de esos que recitan poemas y ofrecen flores. Pero siempre encontraba una forma de hacerme sentir amada, valorada, deseada. Le estaba agradecida por haber cuidado tan bien de mi madre, por haberle proporcionado los mejores días de su vida. Nos sacó de la miseria, de la violencia, del sufrimiento. Nos dio un hogar, una comodidad, una dignidad que jamás habíamos conocido. Se convirtió en mi única familia, mi protector, mi dueño. Davi siempre fue celoso, posesivo. Pero con el tiempo, sus celos se volvieron obsesivos, enfermizos, sofocantes. Tenía celos hasta de mi sombra. Nadie podía acercarse a mí, nadie podía mirarme, tocarme, dirigirme la palabra. No podía sonreírle a nadie, no podía ser amable con nadie. Solo podía salir de casa con él, solo podía hablar con él. Pero, con el paso del tiempo, conocí al verdadero Davi. El hombre detrás de la máscara, el monstruo que se escondía en las sombras. Conocí sus dos caras, sus secretos oscuros, su naturaleza diabólica. Conocí sus maldades, sus crueldades, sus asesinatos, sus crímenes. Descubrí que estaba casada con un psicópata, un hombre capaz de cometer las mayores atrocidades sin sentir remordimiento alguno. Cometía crueldades, atrocidades, barbaridades. Y para él, todo no era más que una diversión, un juego. Se sentía poderoso al ver el sufrimiento, al causar dolor, al controlar la vida de los demás. Era insano, sádico, perverso. Y no se molestaba en ocultármelo. Al contrario, se enorgullecía de sus maldades, se deleitaba con mi miedo, con mi angustia. También conocí su pasado, sus dolores, los traumas que lo marcaron para siempre. Vi lo que su padre le sometía, las torturas, las humillaciones, las violencias. Vi su miedo, su rabia, su odio. Y, como una buena esposa, lo calmaba, lo consolaba, lo amaba. Fingía no ver sus atrocidades, no lo juzgaba, no lo cuestionaba. Lo esperaba todas las noches, hasta que llegaba, lavaba su ropa manchada de sangre, limpiaba sus armas, cuidaba sus heridas. Quizás ese haya sido mi error. Aceptar lo increíble, perdonar lo imperdonable, amar lo inamable. Quizás haya sido esa mi ruina. Entonces, para empeorar las cosas, Otávio, el padre de Davi, anunció que se jubilaría y volvería a vivir a Río de Janeiro. Vivía en otro estado, cuidando sus negocios, y raramente nos visitaba. La noticia no le agradó mucho a Davi. Pero, con la llegada de Otávio, mi vida se transformó en una pesadilla. Fue como si un veneno hubiera sido inyectado en nuestra relación, corroyendo nuestro amor, destruyendo nuestra felicidad. Davi se transformó por completo, volviéndose irritable, estresado, agresivo. Todo lo irritaba, todo lo incomodaba. Bastaba una mirada torcida, una palabra atravesada, un gesto de reprobación de su padre para que estallara en furia, rompiendo todo lo que estuviera a su alcance. Y una cosa que Davi odiaba era que lo contradijeran, recibir órdenes, que cuestionaran su autoridad. Y Otávio, con su manía de dar su opinión en todo, de entrometerse en nuestros asuntos, de comportarse como si fuera el dueño de la casa, lo volvía loco. Veía el odio en sus ojos, la revuelta en su corazón. Rompía todo lo que veía, gritaba, insultaba, amenazaba. Era aterrador. Otávio era una semilla del mal que se había entrometido en nuestra casa, creando discordia, inseguridad, conflictos. Era el veneno que estaba matando nuestro amor.-- Despierto con un ruido. La luz del día entra por la ventana. Mi cuerpo está dolorido, cada músculo grita en protesta cuando intento moverme. —Buenos días, dormilona —oigo la voz de Fernanda. Está en la cocina, preparando algo. El olor a café llena la sala. —¿Qué hora es? —pregunto, con la voz ronca. —Casi mediodía. Necesitabas descansar. Intento sentarme, pero un gemido escapa de mis labios. Fernanda corre a ayudarme, colocando una almohada en mi espalda. —Calma, despacio. Estás toda lastimada —dice, con preocupación. —Estoy hecha un desastre, ¿verdad? —pregunto, con una sonrisa amarga. —Estás viva. Y eso es lo que importa. Me entrega una taza de café. Mis manos tiemblan tanto que casi lo derramo. —Mira, Isa... pensé mejor lo de la comisaría —dice, dudando. —Sí, yo también lo pensé. Davi va a usar sus contactos... —respondo, sintiendo la esperanza disminuir. —No es eso. —duda. —Quizás necesitemos otra estrategia. —¿Cómo así? —pregunto, frunciendo el ceño. Fernanda se
--- El coche finalmente se detiene frente a la casa de Fernanda. El conductor se gira hacia mí, con una mirada de preocupación en su rostro. —Señorita, ¿está bien? ¿Necesita ayuda? —pregunta, con voz suave. Intento sonreír, pero el movimiento hace que mi labio partido duela. Niego con la cabeza. —Estoy bien... gracias —respondo, con la voz ronca. Tomo mi bolso con las manos temblorosas y bajo del coche. Las piernas amenazan con ceder, pero me apoyo en la puerta del vehículo hasta que se aleja. La casa de Fernanda está iluminada— debe haber dejado todas las luces encendidas para mí. Antes de que pueda dar tres pasos, la puerta se abre y Fernanda aparece, sus ojos se abren de par en par al ver mi estado. —¡Dios mío, Isa! —corre hacia mí, envolviéndome en un abrazo cuidadoso, como si tuviera miedo de romperme. —¿Qué te hizo? No puedo responder. Las lágrimas que creía haber secado vuelven con fuerza, y todo mi cuerpo comienza a temblar. Fernanda me conduce hacia adentro, cerrando
¿Dónde? ¿Dónde? ¿Dónde podría esconder este celular, sin que Davi lo encuentre jamás? La angustia me invade, me sofoca, me desespera. Necesito pensar rápido, actuar con inteligencia, encontrar una solución antes de que sea demasiado tarde.De repente, una idea surge en mi mente. Corro al baño y abro el armario debajo del lavabo. Dentro, encuentro una caja de productos de limpieza, casi vacía. Vacío la caja, pongo el celular en el fondo y lo cubro con algunos trapos de piso. ¡Perfecto! Davi jamás imaginaría que escondería algo allí, en medio del desorden y la suciedad. Respiro aliviada, sintiendo que mi corazón se calma poco a poco. Al menos por ahora, estoy a salvo.Aún angustiada, vuelvo al cuarto, asegurándome de cerrar la puerta del balcón y volver a cerrarla con llave. Cojo el libro que Fernanda me dio y lo coloco cuidadosamente en la estantería, tratando de camuflarlo entre los demás, para que no llame la atención de Davi.Luego, tomo la llave del balcón y la devuelvo al clóset.
—¡Ay, Dios mío! —exclamo, examinando el daño. —¡Uf, todo bien, solo se agrietó —digo, aliviada, intentando ocultar la frustración.—¿Se rompió? —pregunta, con la voz cargada de preocupación.—Solo se agrietó, pero está bien. ¡Manda el libro! —respondo, intentando disimular el nerviosismo.—¡Allá va! —grita, lanzando el libro con todas sus fuerzas.El objeto vuela por el aire, describiendo una trayectoria incierta, y yo estiro los brazos, conteniendo la respiración, deseando que no caiga al suelo. Por un instante, siento el peso del libro en mis manos, la textura suave de la cubierta, el olor inconfundible a papel viejo. Sonrío, aliviada, y abrazo mi nuevo tesoro, sintiendo un hilo de esperanza renacer en mi pecho.—¡Gracias, mi amor! —digo, con los ojos llorosos de emoción. Ese simple gesto de Fernanda significa mucho para mí. Es un soplo de vida en medio de la oscuridad, un recordatorio de que aún soy capaz de amar y ser amada.—Para que leas, para que no te aburras —responde, con un





Último capítulo