Valeria salió del despacho del profesor Salguero con el taconeo de sus botas resonando en el pasillo vacío de la facultad, un eco rítmico de la humillación que sentía bullir en su pecho. El pasillo, por suerte, estaba desierto, ofreciéndole un breve refugio para su caos interno.Se detuvo frente al gran espejo de cuerpo entero que adornaba la pared opuesta a la secretaría del decanato, una parada instintiva. Fijó la vista en su reflejo. Su cabello, una cascada de oro pálido, largo y liso, caía sobre sus hombros con una perfección absoluta, contrastando con la chaqueta de jean que llevaba encima del vestido. Sus ojos, de un verde intenso que solía desarmar a cualquiera, estaban nublados por la rabia, pero también por una pizca de esa inquietud que él había sembrado. Se mordió el labio inferior, un labio delgado pero carnoso que ahora mostraba un rastro de la presión de sus dientes, el único indicio de lo mucho que la había afectado la confrontación. El sonrojo, aunque ya menos intenso
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