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Capítulo 4. Colisión nocturna

—¿Qué pasa, Facundo? Estoy llegando a casa.

La voz de Damián Salguero resonó en el interior del sedán alemán, profunda y pausada, apagando de inmediato las notas melancólicas de la trompeta de jazz que inundaba la cabina. Mantenía una mano firme sobre el volante de cuero, con la vista fija en las calles arboladas de Vicente López.

¡Damián! Menos mal que atiendes,  —la voz de su cuñado llegó filtrada por el manos libres del auto, libre del habitual ruido de fondo—. Olvídate de ir a dormir. Estoy en el bar del club, me iba a tomar algo solo pero quiero que me acompañes. Andá amigo. 

—No estoy de humor. Tuve una jornada insufrible en la facultad y mañana tengo que revisar unos fallos pendientes —respondió Damián, manteniendo el ritmo constante del auto. Faltaban apenas unas cuadras para llegar al portón de su casa.

Dale, no seas amargo. Mañana es sábado, no tienes que ir a Tribunales ni pisar el decanato.

—Tengo trabajo igual, Facundo.

Ven a hacerme la segunda media hora, nos tomamos un trago y despejas la cabeza, te va a hacer bien. No te vas a quedar encerrado solo.

Damián guardó silencio de inmediato, apretando el volante con un poco más de fuerza. La sutil referencia a la casa y a esa soledad impuesta congeló el ambiente dentro del vehículo. Una tensión invisible, densa y pesada, se instaló en el habitáculo.

De repente, la imagen de su oficina esa misma tarde lo asaltó: la audacia de Valeria, la distancia peligrosa que ella había acortado y el desafío vibrando en sus ojos jóvenes. Un contraste violento con el vacío que le esperaba en su propio hogar. Sabía perfectamente que si entraba a esa propiedad en silencio, los pensamientos lo iban a carcomer.

¿Sigues ahí, Damián? —la voz de Facundo lo trajo de vuelta, rompiendo el bache de silencio—. Ya te pedí un whisky de los buenos. No me dejes clavado acá solo.

Damián soltó un suspiro imperceptible y miró el espejo retrovisor. La calle residencial estaba completamente desierta.

—Voy para allá. Pero solo un trago —advirtió, recuperando su habitual tono de autoridad.

Sabía que iba a convencerte. Te espero acá.

La comunicación se cortó. Con un movimiento ágil y preciso, Damián giró el volante por completo en la siguiente bocacalle, haciendo crujir levemente los neumáticos sobre el pavimento. Dio la vuelta en U, cambiando el rumbo de regreso hacia la zona del Bajo de San Isidro, ese exclusivo sector pegado al río, famoso por sus clubes náuticos y sus bares de nivel, donde Facundo lo esperaba. 

Damián estacionó el auto frente al club náutico. El viento que soplaba desde el río traía el olor característico a agua dulce y juncos. Caminó con paso firme hacia la terraza del bar, un espacio exclusivo iluminado con luces cálidas y tenues. Encontró a Facundo sentado al fondo, observando la oscuridad del río con un vaso de whisky a medio terminar en la mano.

Al verlo llegar, Facundo levantó la mano y forzó una sonrisa, aunque se le notaba el cansancio en los ojos y la soltura de quien ya lleva un par de copas encima.

—Hasta que apareciste. Pensé que te habías arrepentido en el camino —dijo Facundo, haciendo una seña al mozo para que trajera otro vaso.

—Te dije que venía —respondió Damián, sentándose frente a él sin sacarse la chaqueta, manteniendo una postura impecable que contrastaba con el ambiente relajado del lugar.

Al principio, la conversación fluyó por carriles seguros. Hablaron de la economía, del último partido del torneo local, de un cliente complicado que Facundo había tenido esa semana en su consultorio y de las reformas edilicias que planeaba el club para la temporada de verano. Damián respondía con monosílabos o frases cortas y precisas, tomando sorbos medidos de su whisky. 

Fue promediando el segundo trago cuando el alcohol terminó de ablandar los filtros de Facundo.

—Che, el mes que viene es el cumpleaños de la nena —soltó Facundo de la nada, mirando el hielo derretirse en su vaso—. Estaba pensando que podríamos armar un asado acá en la quinta del club. Francesca me llamó ayer para coordinar los...

El aire de la mesa se congeló al instante.

Damián dejó el vaso sobre la mesa de madera con un golpe seco, demasiado ruidoso para el entorno. Su cuerpo se puso completamente rígido, los hombros tensos y la mirada se transformó en dos cuchillas oscuras fijas en su cuñado.

—Te he pedido repetidas veces  que no la nombres —dijo Damián. Su voz no se elevó, pero bajó a un tono tan gélido y cargado de advertencia que habría hecho temblar a cualquiera en un tribunal.

Facundo, sin embargo, solo soltó un bufido, apoyando los codos en la mesa y sosteniéndole la mirada con la valentía que da el alcohol.

—Dale, Damián. ¿Hasta cuándo? —reprochó Facundo, arrastrando levemente las palabras—. Es mi hermana, sí, y la madre de tu hija. No puedes pretender que borremos su nombre de la faz de la tierra cada vez que estás adelante.

—No es asunto tuyo, Facundo. Vinimos a tomar un trago, no a hacer terapia.

—¡Sí es asunto mío porque te veo destruirte solo! —insistió su cuñado, bajando la voz pero subiendo la intensidad del reclamo—. ¿Hasta cuándo vas a dejar que lo que te hizo te amargue la vida? ¿Vas a seguir viviendo como un fantasma en esa casa enorme? Ella se equivocó, pero esto ya es ridículo.

Damián no parpadeó. Una vena comenzó a latir con fuerza en su mandíbula apretada, pero guardó un silencio hermético, controlando el impulso de levantarse e irse. 

—Bueno, está bien, no te enojes —dijo Facundo, cambiando de estrategia—. Pero… tampoco te conviertas en un monje. Estás en la flor de la vida, tienes facha, tienes estatus. Deberías buscarte una compañía. Aunque sea para pasar el rato, salir a cenar, despejar la cabeza... nadie te pide que te comprometas seriamente de nuevo.

Damián arqueó una ceja, con la mirada fría y distante fija en el río.

—No tengo tiempo para perder en estupideces —sentenció con desdén.

—¡Qué estupideces ni qué ocho cuartos! —se rió Facundo, dándole un codazo imaginario desde su lugar—. Dale, Damián, trabajás rodeado de gente. Me vas a decir que en esa facultad de Derecho no hay candidatas de sobra... Tenés un ejército de tipas que se deben derretir cuando te ven entrar al aula con el traje impecable. Alguna abogada joven, alguna colega... o quién sabe, alguna que te haga olvidar la amargura por un par de horas.

Al escuchar la palabra "facultad", algo se encendió detrás de los ojos oscuros de Damián. Cerró el puño alrededor de su vaso de whisky, sintiendo el frío del vidrio.

—En la facultad solo hay estudiantes y profesionales que van a cumplir con su deber —respondió Damián, con una voz extrañamente más baja y contenida de lo habitual—. Y yo no mezclo el trabajo con mi vida privada. Jamás lo hice.

—Bueno, bueno, doctor Salguero, bajá el código penal un poco —bromeó Facundo, levantando las manos en son de paz—. Solo decía. El día que una mujer te mueva la estantería, te quiero ver.

Damián le dio el último trago a su whisky y dejó el vaso sobre la mesa de madera con un golpe seco. El sermón de Facundo sobre su vida privada y las "candidatas de la facultad" le había terminado de arruinar el humor. 

—Me voy, Facundo. Esto fue una mala idea —sentenció Damián, levantándose de la silla de inmediato y acomodándose la chaqueta de traje con un movimiento brusco.

—Dale, Damián, no seas tan cerrado... —empezó a protestar su cuñado, pero Damián ya le había dado la espalda, caminando con paso firme y veloz hacia la salida del bar.

El lugar estaba repleto, la música house vibraba en las paredes y la penumbra del pasillo que conectaba la terraza con los baños principales hacía que la visibilidad fuera escasa. Damián avanzaba con la vista al frente, apurado por salir de allí y regresar a su burbuja de aislamiento, sin prestar atención a la gente que se movía a su alrededor.

De repente, una silueta dobló el pasillo a toda velocidad.

Ninguno de los dos miró. El impacto fue inevitable.

Una mujer tropezó de lleno contra el pecho firme y ancho de Damián. El choque de cuerpos fue tan seco y repentino que a ella se le soltó el teléfono de las manos, perdiendo el equilibrio por completo sobre sus tacones. Soltó un grito ahogado mientras su cuerpo se iba hacia atrás, directo al suelo.

Damián, por puro instinto de reflejo, estiró los brazos. Su mano derecha atrapó con firmeza la cintura de la desconocida, mientras que la otra la sostuvo del hombro, atrayéndola hacia él con fuerza para evitar la caída. El tirón fue tan brusco que el cuerpo de ella terminó pegado por completo contra el suyo, atrapada contra su pecho.

El tiempo se detuvo en seco. La música del bar pareció quedar en un zumbido lejano.

Damián sintió el calor súbito de la piel de la mujer, el roce de sus curvas y una fragancia tan particular que... se le hizo extrañamente familiar. Una corriente eléctrica le recorrió la espalda. Bajó la mirada, con el ceño fruncido por la molestia del tropiezo, listo para soltar una reprimenda.

Las palabras se le atoraron en la garganta.

La mujer, con el corazón latiéndole a mil por hora por el susto de la caída, levantó la cabeza. La luz tenue del pasillo iluminó sus facciones, y Damián sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.

Era ella.

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