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Capítulo 9. Transacciones de piel

La suite del Faena Hotel, ubicado en el corazón del exclusivo dique de Puerto Madero, estaba sumida en una penumbra estratégica y cargada de erotismo. El diseño vanguardista del lugar, donde predominaban los cortinados de pesado terciopelo rojo, los espejos con marcos imperiales y los detalles de cristal, difuminaba los contornos del mobiliario, aislando por completo el rumor de los rascacielos y el río que se extendían afuera. Sobre la mesa ratona de líneas modernas, una botella de scotch de dieciocho años descansaba junto a un balde de hielo de cristal tallado. 

La puerta se abrió con un clic electrónico casi imperceptible. Damián Salguero entró a la habitación, cerrando tras de sí. No traía corbata; los dos primeros botones de su camisa blanca estaban desabrochados, y el saco oscuro colgaba de uno de sus dedos largos y firmes.

En el centro del dormitorio, recostada sobre el edredón de seda blanca de la cama king size, lo esperaba ella. Era una mujer de una belleza simétrica y felina, de cabello castaño perfectamente peinado y piel bronceada. Llevaba un conjunto de lencería de encaje de alta costura en tono vino tinto, que realzaba la redondez generosa de sus pechos y se ceñía a una cintura estrecha.

Al verlo entrar, la mujer se incorporó lentamente sobre los codos, dibujando una sonrisa entrenada y magnética.

—Buenas noches —dijo ella, con una voz modulada, suave como el terciopelo.

Damián no sonrió. Sus ojos oscuros recorrieron la escena con una frialdad analítica, desprovista de cualquier romanticismo. Caminó directo hacia la mesa de mármol, dejó caer su saco sobre una silla y se sirvió un dedo de whisky puro. El líquido dorado le quemó la garganta, templándole los nervios.

—Pedí no hablar —respondió él, con una voz grave, áspera, que cortó el aire con la precisión de un bisturí.

La mujer no se inmutó; comprendía perfectamente el código. Sabía que los hombres como él, poderosos, estrictos y cargados de tensiones invisibles, pagaban fortunas no por compañía, sino por un silencio absoluto donde poder dejar caer la máscara de la cordura.

Se deslizó fuera de la cama con movimientos fluidos y felinos, descalza, permitiendo que el encaje fino se meciera con el vaivén de sus caderas. Se acercó a él con pasos silenciosos. Sin decir una sola palabra, extendió sus manos cuidadas, de uñas pintadas de un rojo profundo, y las posó sobre los hombros anchos de Damián.

Con la destreza de quien conoce el oficio a la perfección, comenzó a desabrochar los botones restantes de su camisa. Sus dedos calientes rozaron la piel firme del torso de él, provocando una contracción inmediata en sus abdominales. Damián dejó el vaso vacío sobre la mesa y alzó los brazos sutilmente, permitiendo que ella lo despojara de la prenda.

Bajo la luz tenue, la anatomía de Damián se recortó con una madurez imponente: hombros anchos, pecho robusto y la línea de vello oscuro que descendía hacia el pantalón. La mujer deslizó sus manos por sus costillas, bajando el cierre y los botones de su pantalón con una lentitud deliberada, liberando la virilidad implacable que ya empujaba con fuerza, exigiendo su espacio.

El deseo de Damián, contenido durante días y exacerbado por los fantasmas de su memoria, estalló de golpe. Ya no había espacio para la deliberación jurídica ni las reglas de etiqueta. Era un hombre con necesidades físicas primitivas, y esa noche necesitaba el olvido.

La atrapó por la cintura con sus manos grandes y seguras, deteniendo su juego de seducción. La levantó del suelo sin el menor esfuerzo físico, cargando el peso de sus curvas contra su propio pecho desnudo. Ella enredó las piernas alrededor de sus caderas firmes, soltando un leve jadeo de sorpresa ante la brusquedad del movimiento.

Damián avanzó tres pasos y la sentó con un golpe sordo sobre la superficie fría de la mesa de madera noble que decoraba el lateral de la suite. El contraste del granito contra la piel de ella la hizo arquear la espalda. Sin darle tiempo a reaccionar, las manos de él descendieron hacia los bordes del encaje vino tinto; con un movimiento rítmico y experto, apartó la prenda íntima, dejándola completamente expuesta ante su mirada hambrienta.

Se inclinó hacia el frente, acorralándola contra el borde del mueble. Sus labios buscaron el nacimiento de su cuello y descendieron con urgencia hacia el escote. Atrapó entre sus manos esos pechos grandes, redondos y firmes, sintiendo la textura tensa de los pezones que reaccionaban a la fricción de sus dedos largos. Bajó la cabeza y devoró la piel suave de sus senos, mordisqueando con una devoción salvaje pero controlada, arrancándole a la mujer un gemido genuino que resonó en las paredes de la suite.

Damián se deshizo del resto de su ropa con movimientos rápidos, quedando completamente desnudo. Su cuerpo, fibroso y esculpido por la disciplina, vibraba por la adrenalina. Separó las piernas de la mujer con las manos, abriéndose paso en el espacio estrecho entre sus muslos. El aroma a perfume caro y a piel húmeda inundó sus sentidos, pero su mente permanecía en un punto de frío desapego: aquello era una transacción, una liberación de vapor quirúrgica.

Se unió a ella en una embestida profunda, directa y firme, que hizo crujir levemente la estructura de madera. La mujer contuvo el aliento, aferrándose a los hombros anchos de Damián, sintiendo la potencia de un hombre que se entregaba al sexo con una intensidad implacable. Los movimientos se volvieron rítmicos, urgentes, regidos por un vaivén abrasador que desafiaba la solemnidad del entorno.

El sudor comenzó a brillar en la espalda ancha de Damián, dibujando cada músculo largo y tenso que se contraía con el esfuerzo. Sus manos bajaron a las caderas de ella, elevándola ligeramente para ajustar el ángulo de cada impacto, buscando el punto exacto de fricción que acelerara el desenlace. Cada gemido de la mujer era recibido por el silencio severo de él, que solo rompía la quietud con respiraciones pesadas y jadeos sordos contra su oído.

Damián aceleró el ritmo, llevado por una urgencia ancestral que reclamaba su cumbre. Sentía la calidez interna de ella envolviéndolo, presionándolo, empujándolo hacia el abismo del placer puro y físico. Con un último impulso potente, profundo y definitivo, el espasmo inminente del clímax lo recorrió por completo, derramándose en el interior de la protección con una fuerza que le tensó la mandíbula hasta el dolor.

Se quedó estático un momento, con la frente apoyada en el hombro de la mujer, sintiendo cómo el pulso desbocado empezaba, lentamente, a recuperar su compás.

Segundos después, Damián se separó con la misma frialdad con la que había entrado. No hubo caricias posteriores, ni miradas sostenidas, ni palabras de cortesía. Caminó descalzo hacia el baño de mármol para asearse, dejando tras de sí el eco de una transacción impecable. El orden había sido restaurado; la carne estaba satisfecha, y su mente, por unas horas, volvía a pertenecerle solo a él.

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