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—¿Tres sobre diez, profesor? Vaya... creo que me tiene un poco de mala idea.
—Le tengo la idea exacta que se merece, señorita Morales. Ese examen demuestra que no abrió un solo libro en todo el semestre.
—Es que el Derecho Romano es tan... aburrido. Y sus clases son tan largas.
—Es una carrera universitaria, no un club vacacional. Si no le interesa, la puerta está abierta. Su padre paga una de las matrículas más altas de esta facultad para que usted esté sentada al fondo de mi aula mirando el teléfono.
—Ay, por favor, no meta a mi papá en esto. Precisamente estoy aquí para que él me deje en paz y estar bien lejos de su casa. Derecho es su sueño, no el mío. A mí solo me importa divertirme... y pasarla bien.
—Pues se va a divertir regresando con una materia reprobada. Mi firma no se regala.
—¿Y quién dijo que quiero que me la regale? Podríamos... negociar.
—Señorita Morales, mida sus palabras.
—¿Por qué se pone tan serio, profesor? Solo digo que podría darme clases particulares. A solas. En un lugar más... cómodo que esta oficina fría.
—No voy a perder mi tiempo por los caprichos de una niña mimada que sólo quiere divertirse y que no sabe realmente lo que quiere.
—Sé perfectamente lo que quiero. Y no soy una niña.
—Pues actúe como una adulta. Recoja sus cosas y salga de mi despacho.
—¿De verdad quiere que me vaya?
—Sí.
—Entonces, ¿por qué no deja de mirarme la boca mientras me lo dice?
—...
—Usted explica su clase, mira la pizarra, pero en cuanto me cruzo de piernas o me acerco a su escritorio... sus ojos cambian. Se le nota profesor, se le corta la respiración.
—Es una falta de respeto. Salga de aquí. Ahora mismo.
—No me voy a ir. Sé que se muere de ganas de ponerme la mano encima para darme un castigo de verdad. Su vida es tan perfecta, tan aburrida, tan llena de reglas... Debe ser agotador ser el hombre ejemplar todo el día, ¿verdad? Venga y muéstreme qué tan estricto puede ser cuando no tiene un aula llena de alumnos mirándolo.
Ella deslizó la mirada por el escritorio de madera hasta detenerse en el pesado identificador de acrílico y bronce. Con una sonrisa lenta y coqueta, estiró dos dedos perfectos, empujó la placa y la dejó caer al suelo con un golpe seco. El nombre del Profesor Damián Salguero quedó boca abajo en la alfombra.
—Oops... Se cayó, profesor Salguero.
Damián se levantó lentamente, caminó rodeando el escritorio con elegancia y se detuvo a escasos centímetros de ella. Su mirada era fría, analítica y aplastante. Ella sostuvo la sonrisa, creyendo que había ganado, pero entonces él se inclinó hacia su oído, con una voz profunda, pausada y completamente calmada.
—¿Crees que estás jugando, Morales? Crees que llevar un vestido ajustado y coquetear con el profesor la hace una mujer peligrosa. Pero la verdad es que solo es una niña asustada que usa el descaro como escudo porque no tolera la frustración de un tres de nota.
—Yo no...
—Shh. Déjeme hablar. Me mira buscando un rastro de debilidad para correr a alimentar su ego. Sí, es hermosa, una tentación evidente. Pero lo que te falta en madurez te sobra en ingenuidad. Si yo decidiera darte el castigo que pides, Morales... te aseguro que no sabrías cómo manejarlo. Llorarías por regresar a los brazos de tu papá en el primer segundo. Te falta mucho mundo para jugar en mi liga.
Valeria sintió un vuelco violento en el estómago. El aire se le escapaba. Por primera vez en su vida, el calor le subió por las mejillas y un sonrojo intenso e incontrolable la delató. La seguridad se le desmoronaba ante la abrumadora madurez del hombre.
—Usted... usted no sabe nada —logró balbucear ella, con la voz temblorosa.
De pronto, dos golpes secos y fuertes resonaron en la puerta de madera.
—¿Quién es? —preguntó él, manteniendo la presión sobre ella.
—Profesor Salguero, soy yo, Agustín. Necesito los reportes de las notas finales para la junta de las cinco, ¿estás desocupado? —respondió la voz del director desde el pasillo.
Solo en ese momento, Damián dio un paso atrás, rompiendo la insoportable cercanía física. Se acomodó los puños de la camisa con una calma exasperante y caminó hacia la entrada.
—Pase adelante, Director. No estoy ocupado —dijo, girando el picaporte.
Damián, con un movimiento impecable y sin rastro de nervios, se acercó al escritorio y le extendió los papeles.
—Aquí tiene los reportes listos y firmados, Rossi.
—Excelente, Damián, me salvas la vida —dijo, guardando el montón de papeles en su carpeta. Al levantar la vista, notó la presencia de la joven y sonrió con cortesía—. ¡Ah! Pero si es la señorita Valeria. Buenas tardes, señorita Morales. ¿Cómo está su padre?
—Buenas... buenas tardes, director —logró decir ella, con el corazón latiéndole en la garganta y tratando de disimular el tono carmín de sus mejillas—. Él... él debe estar bien. En la oficina, supongo.
—La señorita Morales estaba justamente aquí porque quería saber por qué salió tan mal en su examen, Director. Revisábamos su rendimiento.
—¿Ah, sí? —Agustín asintió con seriedad, mirando un segundo a Valeria—. Ah, claro, entiendo... Bueno, Damián, disculpa la interrupción pero la junta ya casi va a empezar. No te demores.
—Descuide, ya voy para allá —respondió Damián con total parsimonia.
El Director se retiró por el pasillo con los reportes en la mano. Damián sostuvo la puerta abierta, se giró hacia Valeria con una ceja alzada y la desarmó con la mirada.
—Ya escuchó al director, señorita Morales. Su tiempo se terminó. Vaya a estudiar si es que quiere pasar mi materia por sus propios méritos. La salida está despejada.
Valeria recogió su bolso a toda prisa, esquivando la mirada del profesor mientras pasaba por su lado, sintiéndose completamente expuesta por la mención de su padre y con el orgullo herido.







