Mundo ficciónIniciar sesiónEl aula de la Facultad de Derecho estaba colmada a las ocho de la mañana del lunes. El murmullo denso de más de cincuenta alumnos resonaba contra las paredes altas y desgastadas del edificio histórico, un eco de nerviosismo y repetición de último momento antes de que comenzara la clase.
El reloj de pared marcó la hora exacta cuando la puerta trasera se abrió. Damián Salguero entró con paso firme, vistiendo un traje impecable de corte italiano en gris oscuro, la camisa blanca perfectamente planchada y la corbata ajustada con una simetría quirúrgica. Su sola presencia, imponente con su metro ochenta y cinco y esa mandíbula severa, pareció succionar el aire de la habitación. El silencio cayó de inmediato, como si se hubiera activado un interruptor.
Caminó hacia el estrado sin mirar a nadie. Apoyó su maletín de cuero sobre el escritorio de madera con un golpe seco, sacó sus anteojos de lectura y un fajo de carpetas, y se tomó un segundo para enderezar los puños de su camisa.
—Buenos días —dijo, con esa voz grave, pastosa y profunda que solía congelar a los estudiantes de los primeros años.
—Buenos días, profesor —respondieron al unísono varias decenas de voces sumisas.
Damián no esperó un segundo más. Se apoyó con ambas manos en el borde del escritorio, paseando su mirada analítica por las filas escalonadas de bancos.
—Como ya están enterados por la cartelera del departamento, los resultados del primer parcial de Derecho Romano han sido, en su gran mayoría, mediocres —comenzó, con una frialdad matemática que no admitía réplicas—. Esta cátedra no regala notas ni perdona la falta de rigurosidad técnica. Para todos aquellos que han sido aplazados, el examen recuperatorio se llevará a cabo el próximo lunes a primera hora. La modalidad será estrictamente oral. El que no esté a la altura de los conceptos fundamentales, pierde la regularidad de la materia. No habrá segundas oportunidades.
El ambiente en el salón se volvió sofocante. Los alumnos se miraban entre sí, tragando saliva ante la rigidez del "Ogro", que ya tomaba la tiza para empezar a escribir en el pizarrón.
Habían pasado exactamente diez minutos del inicio de la clase cuando el sonido de un picaporte interrumpió su discurso.
La puerta de entrada se abrió de par en par con un movimiento fluido y carente de cualquier atisbo de culpa. Valeria Morales entró al salón.
No se molestó en golpear, ni en entornar la puerta con timidez, ni en pronunciar el clásico y sumiso "permiso, profesor". Con el lacio cabello rubio perfectamente peinado sobre los hombros, vistiendo unos jeans ajustados que remarcaban su silueta atlética y una campera de cuero que le daba un aire de absoluta confianza, avanzó por el pasillo central. La fragancia a flores frescas y piel limpia que emanaba pareció cortar el olor a encierro y tiza del aula.
Damián se congeló con la tiza a milímetros del pizarrón. Una tensión eléctrica, invisible pero devastadora, recorrió su espalda. Lentamente, bajó el brazo y se dio la vuelta, clavando sus ojos oscuros en la joven. Sus nudillos se tensaron sobre la madera del escritorio, y por una fracción de segundo, la imagen de la mesa del hotel del sábado por la noche y el recuerdo de su propio despertar sudoroso amenazaron con desarmar su máscara aristocrática.
Valeria ni siquiera le sostuvo la mirada de forma desafiante; simplemente actuó como si el aula entera le perteneciera. Cruzó frente al estrado con pasos seguros, subió los escalones del ala izquierda y se sentó en uno de los pocos bancos libres de la tercera fila, apoyando su mochila con deliberada tranquilidad.
El aula entera contuvo el aliento, esperando la explosión del profesor ante semejante falta de respeto. Damián la observó fijamente, con la mandíbula rígida y los ojos inyectados en una severidad que intentaba, a toda costa, sepultar el incendio que esa mujer provocaba en su sangre.
Damián Salguero dejó caer la tiza sobre el escritorio, produciendo un sonido agudo que pareció rebotar en el silencio sepulcral del aula. Enderezó su imponente postura, acomodó los puños de su saco con movimientos lentos y calculados, y clavó sus ojos oscuros en la joven.
—Señorita Morales —dijo, con una voz gélida que cortó el aire—. Por favor, retírese del aula. Salga, toque la puerta y espere a que yo le autorice el ingreso. Como corresponde.
Valeria, que acababa de sacar un cuaderno de su mochila, se detuvo. Lejos de intimidarse ante el tono que hacía temblar al resto de los alumnos, apoyó los codos en el pupitre y dibujó una sonrisa felina, casi divertida. Una pequeña risa, suave y provocadora, escapó de sus labios.
—No lo voy a hacer, profesor —respondió con una tranquilidad pasmosa.
Un murmullo de horror generalizado corrió por las filas del salón. Damián tensó la mandíbula al máximo, sintiendo cómo el pulso le martilleaba en las sienes. El recuerdo de la sumisión que le exigía a las mujeres en la intimidad chocaba violentamente con la insubordinación de esta alumna en su propio territorio.
—No es una opción, Morales —insistió él, dando un paso al frente desde el estrado, su voz bajando un octavo, volviéndose más peligrosa—. Salga del salón y aprenda a respetar las normas de esta cátedra. Ahora.
Valeria inclinó la cabeza hacia un lado, mirándolo fijamente, sosteniéndole el pulso magnético con una audacia que rozaba el delirio.
—Le dije que no, profesor —repitió ella, cruzándose de brazos—. Primero, porque el reglamento interno de la facultad no establece en ningún artículo que llegar diez minutos tarde anule el derecho de un alumno regular a presenciar la clase teórica. Y segundo... porque el aula es un espacio público de aprendizaje, no su despacho privado. No tengo por qué pedir permiso para ocupar un banco por el que pago mi matrícula. Si quiere, puede ponerme la falta, pero yo de acá no me muevo.
Damián la miró con los ojos inyectados en una furia negra. Que usara argumentos pseudo jurídicos para desafiar su autoridad frente a cincuenta personas fue el detonante final. El aire en el aula magna se volvió sofocante, denso.
—Se lo repito por última vez, Morales. Salga.
Valeria no pestañeó. Simplemente se limitó a abrir su cuaderno, ignorándolo por completo.
La burla y la soberbia en los ojos de ella fueron la gota que derramó el vaso. Incapaz de contener la violenta necesidad de recuperar el control absoluto de la situación, Damián reaccionó con una frialdad quirúrgica.
Se apartó del estrado y avanzó con pasos firmes y pesados por el pasillo central. Su silueta alta y rígida infundía un pánico generalizado; los alumnos de las primeras filas se encogieron en sus asientos a su paso. Damián subió los escalones del ala izquierda hasta llegar al banco de Valeria.
No hubo más palabras. Con un movimiento rápido y rítmico, Damián estiró su brazo, manoteó la mochila de Valeria por las tiras y la levantó del pupitre de un solo tirón, arrastrando el cuaderno que ella acababa de abrir.
Valeria se enderezó de golpe, la sonrisa desapareciendo de su rostro por primera vez, reemplazada por una chispa de genuina sorpresa.
Damián dio la vuelta sin mirarla. Con la mochila de la joven sujeta firmemente en su mano, caminó de regreso por el pasillo con paso marcial. Llegó a la entrada del aula, empujó la pesada puerta de madera hacia afuera, dejó la mochila con un golpe seco sobre el suelo de mármol del pasillo y volvió a entrar, cerrando la puerta con un golpe firme que resonó en todo el salón.
Sin embargo, Valeria no se movió.
A pesar de tener sus pertenencias afuera, se acomodó en el banco de madera, cruzó las piernas con deliberada parsimonia y apoyó la espalda contra el respaldo, sosteniéndole la mirada con una audacia intacta. No pensaba darle el gusto de levantarse e ir a buscarla. Si él quería dejar sus cosas en el pasillo, era su problema; ella se quedaba ahí.
El aula entera contuvo el aliento, esperando la explosión del profesor ante semejante acto de rebeldía estática. Las miradas iban de la alumna al estrado en un silencio sepulcral.
Pero Damián no se rebajó a discutir, ni volvió a ordenarle que saliera. Para un hombre que dominaba sus emociones con la frialdad de un cirujano, la peor condena era la indiferencia absoluta. Clavó sus ojos oscuros en ella durante un segundo, una fracción de tiempo donde la tensión acumulada entre ambos pareció hacer vibrar el aire, y luego, simplemente la borró del mapa.
Se dio la vuelta hacia el estrado, tomó la tiza de la mesa con total normalidad y regresó al pizarrón.
—Retomamos —dijo Damián, con su voz grave y severa recuperando el ritmo exacto que tenía antes de la interrupción, como si Valeria se hubiera vuelto invisible—. Como les decía, el examen recuperatorio se llevará a cabo el próximo lunes a primera hora. La modalidad será estrictamente oral...
El profesor continuó dictando su clase con una fluidez pasmosa, ignorando por completo la silueta rubia de la tercera fila, mientras el murmullo de las lapiceras escribiendo sobre el papel volvía a llenar el aula magna.







