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Capítulo 2: Jugar con fuego

Valeria salió del despacho del profesor Salguero con el taconeo de sus botas resonando en el pasillo vacío de la facultad, un eco rítmico de la humillación que sentía bullir en su pecho. El pasillo, por suerte, estaba desierto, ofreciéndole un breve refugio para su caos interno.

Se detuvo frente al gran espejo de cuerpo entero que adornaba la pared opuesta a la secretaría del decanato, una parada instintiva. 

Fijó la vista en su reflejo. Su cabello, una cascada de oro pálido, largo y liso, caía sobre sus hombros con una perfección absoluta, contrastando con la chaqueta de jean que llevaba encima del vestido. Sus ojos, de un verde intenso que solía desarmar a cualquiera, estaban nublados por la rabia, pero también por una pizca de esa inquietud que él había sembrado. Se mordió el labio inferior, un labio delgado pero carnoso que ahora mostraba un rastro de la presión de sus dientes, el único indicio de lo mucho que la había afectado la confrontación. El sonrojo, aunque ya menos intenso, seguía dándole un calor incómodo a sus mejillas.

—Eres hermosa, Valeria. Él es el problema, un viejo amargado y puritano —se dijo, tratando de recomponer su armadura de arrogancia, pero la voz le tembló ligeramente.

Al llegar al patio central de la facultad, la luz del sol de la tarde la cegó por un momento. Allí, sentada en un banco de piedra, la esperaba su mejor amiga. Carla, con un estilo más relajado y la cabeza siempre entre apuntes, levantó la vista y, al ver la expresión de Valeria, cerró su cuaderno de golpe.

—¿Y bien? ¿Cómo te fue con el 'Ogro' Salguero? —preguntó Carla, aunque la cara de Valeria ya respondía la pregunta.

Valeria no respondió de inmediato. Se dejó caer en el banco con violencia, tirando su bolso al suelo.

—Es un imbécil, Carla. Un arrogante, pedante, ¡y un hijo de...! —Valeria estalló, sus palabras saliendo como ametralladora.

—Uff. Veo que la 'negociación' no salió bien —dijo Carla, con una mueca de simpatía y una pizca de ironía.

—¡Me humilló! —exclamó Valeria, el volumen de su voz atrayendo las miradas de algunos estudiantes que pasaban—. Me trató como si fuera una niña de cinco años. Me dijo que me falta madurez, ¡a mí! ¿Y sabes qué es lo peor? ¡Me nombró a mi papá! El director Rossi entró justo cuando... bueno, justo cuando yo le había tirado su estúpido letrero al suelo. Y Salguero, con esa cara de santo que tiene, le dice al director que yo estaba 'revisando mi rendimiento'.

Carla escuchó el torrente de quejas de su amiga. Sabía perfectamente cómo era Valeria: acostumbrada a obtener lo que quería con una sonrisa o un capricho. Pero Salguero no era como los otros profesores.

—A ver, Val, respira —dijo Carla, poniéndole una mano en el brazo—. Te lo dije. Con Salguero no funcionan tus trucos. El tipo es de la vieja escuela y tiene una ética... bueno, de esas que ya no existen.

—¡Me miraba la boca, Carla! ¡Se ponía nervioso! —protestó Valeria, buscando validación.

—Puede que sí, eres hermosa y él no es ciego. Pero es inteligente. No va a arriesgar su carrera por un desliz, y menos contigo. Val... tienes un tres en Derecho Romano. La materia más pesada del semestre. Él tiene razón en algo: tienes que estudiar.

Valeria bufó, cruzándose de brazos, con los labios fruncidos en un puchero que combinaba rabia y resistencia infantil.

—Estudiar... qué horror. No quiero estudiar esa basura. Quiero divertirme, salir, no pasarme las noches leyendo sobre leyes que nadie usa desde hace siglos.

—Pues si quieres pasar su materia, no te queda otra —sentenció Carla con firmeza—. A menos que quieras que tu papá se entere y te corte el grifo. ¿Prefieres estudiar o volver a vivir con él?

La mención de su padre volvió a congelar el ambiente. Valeria odiaba esa dependencia, esa presión por cumplir un sueño que no era el suyo. Miró a su amiga, y por un momento, la fachada de furia se desmoronó, dejando ver una vulnerabilidad real.

—Odio que tenga razón. Odio que me haya hecho sentir así. Y odio el Derecho Romano —confesó con voz baja.

—Lo sé. Pero tienes que ser inteligente. Demuéstrale que no eres la 'niña mimada' que él cree. Estudia, sácate una buena nota en el recuperatorio, y lánzasela en la cara. Esa es la mejor venganza.

Valeria se quedó pensativa por un segundo, mirando el patio de la facultad en silencio. La sugerencia de Carla flotó en el aire y, por un instante, la lógica pareció querer abrirse paso. Pero entonces, la humillación que sentía en el pecho se transformó en algo mucho más oscuro y electrizante: pura provocación.

Una sonrisa lenta, casi felina, comenzó a dibujarse en sus labios carnosos. Se giró hacia su amiga y soltó una carcajada seca.

—¿Estudiar? ¿Estás loca, Carla? —Valeria la miró con los ojos verdes brillando con una chispa peligrosa—. ¿De verdad crees que estoy derrotada? ¿Crees que me voy a rebajar a quemarme las pestañas leyendo sobre el Imperio Romano solo para complacerlo?

Carla la miró con el ceño fruncido, presintiendo el desastre. —Valeria, el tipo te puso un tres...

—¡Me da exactamente igual un tres o un cindo! —la interrumpió, acomodándose un mechón de su lacio cabello rubio detrás de la oreja—. Al contrario... esa actitud de hombre inalcanzable y perfecto solo hace que me interese más. Me encantan los desafíos. Si el "Ogro" quiere ponérmela difícil y jugar al profesor estricto, que se prepare. Dejo de llamarme Valeria Morales si no logro que ese hombre caiga rendido a mis encantos. Lo voy a tener de rodillas, Carla. Vas a ver.

Carla abrió los ojos de par en par, completamente alarmada por la audacia de su amiga. Conocía de sobra el poder que Valeria tenía sobre los hombres, pero Damián Salguero era territorio minado.

—Val, no juegues con fuego —le advirtió Carla con voz grave, tomándola de las manos para llamar su atención—. Salguero no es uno de los chicos de la facultad a los que manipulas con una mirada. Ese hombre es peligroso, es maduro y tiene el control de tu carrera en sus manos. Te vas a quemar.

Valeria se soltó del agarre con suavidad, se puso en pie luciendo con orgullo su esbelta figura y la miró desde arriba con una seguridad desbordante.

—A mí me encanta el fuego, Carlita —sentenció con una sonrisa desafiante—. Y si me quemo... me aseguro de que él se incendie conmigo. Vamos, se nos hace tarde.

Valeria empezó a caminar con paso firme, haciendo oscilar su bolso con elegancia, pero se detuvo al notar que su amiga no la seguía. Carla se quedó estática junto al banco.

—¿A dónde vas, Val? —preguntó Carla, arqueando una ceja.

Valeria se giró, regalándole una sonrisa radiante, como si la tormenta de hace unos minutos jamás hubiera existido.

—Vamos, tomémonos un café. Necesito pasar el trago amargo. Podemos ir a La Panera Rosa, la que está por Avenida Del Libertador. El lugar es divino, súper estético, y nos podemos pedir algo dulce para los nervios. Dale, yo invito.

Carla suspiró con pesadez, mirándola con una mezcla de cariño y frustración, y negó con la cabeza mientras se acomodaba la mochila al hombro.

—Oye, amiga, no puedo. De verdad. Ya bastante tiempo perdí hoy acompañándote a la boca del lobo —dijo Carla con una mueca de disculpa—. Recuerda que tengo que ir a cuidar a mi mamá. Está bastante enferma y en este momento la dejé sola con una vecina que me hizo el aguante por un par de horas. Ya debo volver a casa.

La sonrisa de Valeria se desvaneció un poco, reemplazada por un mohín de decepción, 

—Qué aburrida que sos... —protestó Valeria con un puchero, aunque enseguida cambió el tono, borrando cualquier rastro de egoísmo—. Pero, ni loca te vas a tomar el colectivo ahora si estás apurada. Vamos, te llevo yo en el auto.

Carla la miró sorprendida, abriendo un poco los ojos.

—¿De verdad, Val? Mira que te queda  a trasmano de tu depa.

—¿Y qué importa? Dale, subamos que la vecina debe estar queriendo rajar de tu casa —insistió Valeria, agarrándola del brazo con entusiasmo—. Así no pierdes  tiempo y de paso me acompañas un ratito más.

Carla suspiró, pero esta vez con alivio sincero, y le regaló una sonrisa agradecida.

—Gracias, Vale. Sos lo más

—Ya sé, soy la mejor —bromeó Valeria con una guiñada misteriosa mientras caminaban juntas—. Pero en el camino me vas a tener que escuchar hablar del Ogro, así que es un trato justo.

Caminaron a paso firme hacia el estacionamiento de la facultad. Valeria sacó las llaves de su bolso y destrabó el auto con un pitido. Se subieron, el motor rugió suavemente y Valeria acomodó el espejo retrovisor, encontrándose una vez más con sus propios ojos verdes, fijos y decididos. Salió a la avenida y aceleró.

Carla se acomodó en el asiento del acompañante, sin imaginarse que, mientras Valeria miraba el tránsito de Buenos Aires, en su cabeza ya estaba diseñando la estrategia perfecta para prender fuego las estrictas reglas del profesor Salguero. El juego apenas estaba comenzando. 

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