Mundo ficciónIniciar sesiónEl motor del auto se apagó en el subsuelo del imponente edificio de Avenida Alvear, en pleno corazón de Recoleta. Subió en el ascensor palier directo hasta su departamento, un piso alto con ventanales que ofrecían una vista privilegiada de las copas de los árboles de la plaza y la arquitectura afrancesada del barrio más exclusivo de Buenos Aires. El silencio del lugar, decorado con un minimalismo frío y costoso pagado por su padre, la recibió como una bofetada.
Necesitaba quitarse el día de encima.
Se encerró en su habitación, tiró el bolso sobre una poltrona de diseño y se despojó de la chaqueta de jean y el vestido ajustado que tantas emociones contrapuestas habían provocado unas horas antes. Entró al baño y abrió el grifo de la ducha. Se quedó bajo el chorro durante un largo rato, cerrando los ojos, pero la voz profunda y pausada de Damián Salguero seguía resonando en su cabeza: «Te falta mucho mundo para jugar en mi liga».
—Imbécil... —susurró entre dientes, golpeando la pared de mármol con el puño.
Al salir, se enrolló una toalla blanca alrededor del cuerpo y otra en el cabello. Caminó descalza hasta la cama king size, se dejó caer boca abajo sobre las sábanas de hilo egipcio y estiró la mano para alcanzar su teléfono celular. La adrenalina de la provocación había vuelto. Carla le había dicho que era territorio minado, pero Valeria no sabía quedarse con la duda.
Abrió I*******m. Tecleó con rapidez en la barra de búsqueda: Damián Salguero. Nada. Probó con Damian.Salguero, D.Salguero, SalgueroD. Ningún perfil coincidía con el hombre estricto de traje impecable y mirada aplastante. Pasó a F******k y luego a TikTok con el mismo resultado negativo.
—Es imposible... —habló Valeria en voz alta, lanzando un bufido de frustración al techo de su cuarto—. Es imposible que en pleno 2026 un tipo no tenga ni una sola red social. ¿En qué siglo vive? ¿O es que me tiene bloqueada antes de empezar?
Frunciendo los labios en un puchero de pura rabia, se sentó en la cama y abrió el navegador de G****e. Si el "Ogro" era tan importante y respetado en el mundo del Derecho, en algún lado tenía que figurar. Escribió su nombre completo junto al de la facultad.
Los primeros resultados fueron artículos académicos, conferencias de jurisprudencia y fallos judiciales. Aburridísimo. Valeria estuvo a punto de cerrar la pestaña, pero su dedo se detuvo al deslizarse hacia los enlaces de noticias locales de hace un par de años. Era una reseña sobre una gala benéfica del Colegio de Abogados de San Isidro.
Hizo clic. La página tardó un segundo en cargar la imagen principal y, cuando lo hizo, a Valeria se le cortó la respiración por completo.
En la fotografía, Damián Salguero lucía un esmoquin que le quedaba perfecto, pero no estaba solo. A su lado, una mujer elegante, de cabello oscuro y sonrisa refinada, le sostenía el brazo con una familiaridad absoluta. El pie de foto decía textualmente: «El prestigioso doctor Damián Salguero, acompañado por su esposa, la doctora Francesca Moretti, y la pequeña hija de ambos, de solo tres años, durante la recepción».
¿Moretti? El apellido no le sonaba a nada relacionado con el decanato, lo cual le dio un breve respiro, pero la realidad seguía siendo la misma. Damián estaba casado. Tenía una hija.
Valeria dio un salto veloz, levantándose de la cama como si las sábanas quemaran. La toalla amenazó con soltarse, pero la sujetó con fuerza contra su pecho mientras caminaba de un lado a otro del enorme dormitorio, con el corazón latiéndole desbocado en los oídos.
—Casado... —balbuceó, mirando fijamente el nombre en la pantalla—. Tiene una esposa.
Se sentó de nuevo, esta vez con una determinación fría. Si Damián era un fantasma digital, quizás su esposa no lo fuera. Copió el nombre «Francesca Moretti» y volvió a abrir I*******m.
Al buscar, aparecieron varios perfiles, pero uno en particular llamó su atención. La foto de perfil mostraba a la misma mujer de la gala, pero en una pose más relajada, con gafas de sol oscuras y un sombrero de paja en lo que parecía ser una playa europea. El perfil era público.
Valeria sintió una punzada de triunfo y comenzó a hacer scroll rápidamente.
El feed de Francesca era el retrato de una vida de lujo silencioso y buen gusto. Empezó a stalkear con meticulosidad. Había fotos de viajes envidiables: un atardecer en un viñedo en la Toscana, una toma aérea de las costas de Amalfi, y ella posando con un vestido vaporoso frente a una librería antigua en París.
—Vaya, vaya... parece que a la doctora Moretti le gusta la buena vida —murmuró Valeria, deslizando el dedo por la pantalla.
Siguió bajando y pronto aparecieron fotos de la niña. Era una pequeña de rizos oscuros y ojos curiosos, idéntica a Damián. Había fotos de la niña jugando en un parque, otra de ella pintando con acuarelas en una mesa de madera maciza, y una muy tierna donde la pequeña dormía abrazada a un peluche gigante. En todas esas fotos, la madre estaba presente o capturando el momento, pero él no aparecía por ningún lado. Ni una sola etiqueta, ni un reflejo en unas gafas de sol, ni una mano sosteniendo la de la niña en el encuadre. Nada.
Era como si Francesca Moretti fuera una madre soltera que viajaba por el mundo, si no fuera por la foto de la gala que Valeria acababa de ver.
Valeria se detuvo frente al espejo de su habitación, el mismo reflejo que antes consideraba un arma infalible. El panorama había cambiado por completo. Ya no era solo el capricho de derretir a un profesor de Derecho Romano; ahora la apuesta era muchísimo más alta, más oscura y destructiva. Él ocultaba su vida privada con un celo casi paranoico, y su esposa, aunque pública, no lo mencionaba jamás. Había grietas en esa armadura de hielo.
Una sonrisa lenta y peligrosa, llena de una audacia renovada, cruzó sus labios.
—Vaya, querido profesor perfecto... Algo pasa en tu vida y voy a averiguar qué es —murmuró Valeria para sí misma.
En ese preciso instante, el teléfono vibró con fuerza en su mano y una melodía estridente rompió el silencio del dormitorio. Valeria bajó la mirada hacia la pantalla. Al ver el nombre de su padre parpadeando en la pantalla, su expresión de triunfo se transformó de inmediato en una mueca de profundo desagrado.
Frunció los labios y rodó los ojos.
—No, papá, por favor... No voy a escuchar tus sermones —masculló en voz alta.
Sin pensarlo dos veces, deslizó el dedo por la pantalla para rechazar la llamada y cortó el sonido de golpe.
La adrenalina y el fastidio la habían dejado demasiado eléctrica como para quedarse encerrada en ese departamento minimalista y frío que él mismo pagaba. Necesitaba ruido, gente, una distracción inmediata.
Desbloqueó el teléfono de nuevo y buscó el primer número en su lista de contactos frecuentes. Llamó a un amigo.
—¡Hola! Nico, ¿sale algo hoy? Vamos a tomar un trago por Palermo, dale —dijo apenas atendieron, pero la respuesta del otro lado la desinfló—. Ah... ¿Tienes que estudiar? Bueno, fue, te mando un beso.
Cortó, impaciente. Buscó a otra amiga y marcó de inmediato.
—Hola Ro, ¿Qué haces? Necesito salir ya, ¿vamos por unos gin tonics? —propuso, caminando de un lado a otro. Del otro lado de la línea llegó una voz cansada y una serie de excusas sobre una cena familiar—. Dale, no pasa nada, disfruten.
Valeria resopló con fastidio. No se iba a dar por vencida tan fácil. Intentó con un tercer amigo, alguien que rara vez decía que no a una salida nocturna. —Hola, ¿en qué andás? Estoy para tomar algo, dime que estás libre —pidió casi con exigencia. Sin embargo, su amigo le explicó que ya estaba saliendo de viaje porque tenía un compromiso inamovible.
—No lo puedo creer... —gruñó Valeria, cortando la llamada de golpe y tirando el celular sobre las sábanas de hilo egipcio.
Por primera vez en la noche, el enorme y lujoso departamento pareció cerrarse sobre ella, recordándole que, a pesar de sus planes de conquista y su sonrisa audaz frente al espejo, esa noche estaba completamente sola.
—A mí nadie me va a amargar la noche —se dijo a sí misma en un susurro cargado de orgullo—. Nada me va a bajonear. Si tengo que salir sola, salgo sola. Después de todo, Buenos Aires nunca duerme y yo tampoco pienso hacerlo.
Con una determinación renovada, caminó decidida hacia el vestidor. No iba a quedarse encerrada alimentando los sermones mudos de su padre ni pensando en el misterio del profesor. Buenos Aires estaba llena de lugares y ella estaba lista para hacerse notar.







