El dolor de cabeza le martilleaba las sienes al compás de un zumbido sordo. Valeria Morales abrió los ojos lentamente, encontrándose con la penumbra de su amplio departamento en la Avenida del Libertador. A través del inmenso ventanal del piso alto, el resplandor de los faroles de la avenida y las siluetas oscuras de los bosques de Palermo recortaban la noche porteña. Miró el reloj de la mesa de noche: las ocho de la noche del sábado.
Había dormido casi todo el día. El exceso de alcohol de la n