Mundo ficciónIniciar sesiónEl dolor de cabeza le martilleaba las sienes al compás de un zumbido sordo. Valeria Morales abrió los ojos lentamente, encontrándose con la penumbra de su amplio departamento en la Avenida del Libertador. A través del inmenso ventanal del piso alto, el resplandor de los faroles de la avenida y las siluetas oscuras de los bosques de Palermo recortaban la noche porteña. Miró el reloj de la mesa de noche: las ocho de la noche del sábado.
Había dormido casi todo el día. El exceso de alcohol de la noche anterior en el club náutico y, sobre todo, la descarga de adrenalina tras su violento y eléctrico encuentro con el profesor Salguero en el pasillo, la habían dejado exhausta.
De repente, el silencio del departamento fue destrozado por el vibrar insistente de su teléfono sobre el colchón. El nombre en la pantalla iluminó la habitación: Papá.
Valeria dejó escapar un suspiro cargado de fastidio. Ya le había ignorado tres llamadas durante la tarde, pero conocía perfectamente a Bautista Morales. Si no contestaba ahora, su padre sería capaz de mandar al personal de seguridad de la torre de Libertador a tocarle el timbre.
Con un movimiento perezoso, deslizó el dedo por la pantalla y se llevó el teléfono al oído.
—Hola, papá —dijo, con la voz todavía pastosa por el sueño y la resaca.
—Al fin te dignas a contestar, Valeria. Llevo todo el día intentando comunicarme contigo —la voz de Bautista llegó nítida, imponente y con ese tono de hombre de negocios que no estaba acostumbrado a esperar—. ¿Se puede saber qué estabas haciendo?
—Estaba durmiendo, papá. Ayer salí al club con las chicas y se me hizo tarde, eso es todo.
—Ayer fue viernes, Valeria, y ya son las ocho de la noche del sábado —replicó Bautista con una frialdad matemática desde el otro lado de la línea—. Pero claro, asumo que las responsabilidades de la facultad no son una prioridad para ti cuando hay una barra libre cerca.
Valeria se sentó en la cama, pasándose una mano por el lacio cabello rubio, sintiendo cómo el mal humor empezaba a ganarle terreno al cansancio.
—No empieces, por favor. ¿Para qué me llamas? ¿Pasó algo?
—Te llamo para avisarte que ya se hicieron las transferencias mensuales para las expensas del piso de Libertador, tu manutención y tus tarjetas. También para saber cómo estás, aunque veo que la respuesta es la misma de siempre.
De fondo, a través de la línea, Valeria escuchó una risa suave y aguda, seguida de una voz femenina que decía algo sobre una reserva en un restaurante de Bal Harbour. Era Vanessa. Valeria tensó la mandíbula de inmediato. La sola presencia de esa mujer, incluso a miles de kilómetros de distancia, le revolvía el estómago.
Hacía dos años, tras quedar viudo, su padre se había mudado a Miami para manejar las operaciones internacionales de su empresa de importación. Pero no se había ido solo. Se había llevado a Vanessa, una modelo que apenas le llevaba cuatro años a Valeria y que se había apresurado a firmar el acta de matrimonio para convertirse en la nueva señora Morales.
—Veo que estás muy bien acompañado —soltó Valeria, arrastrando las palabras con ironía—. Mándale un saludo a tu... esposa. Espero que los shoppings de Miami no le dejen las tarjetas en rojo este mes.
—Valeria, basta —cortó Bautista con firmeza—. No voy a tolerar tus celos ni tus comentarios infantiles sobre Vanessa. Si decidiste quedarte sola en Buenos Aires, fue bajo tus propias condiciones. Sabes perfectamente cuál fue nuestro trato.
Al escuchar la palabra trato, la mente de Valeria, espoleada por la resaca, la arrastró inevitablemente dos año atrás, directo al despacho alfombrado de su padre, pocos días antes de que él armara las valijas para instalarse definitivamente en Florida.
—No me voy a ir a Miami con ustedes, papá. No pienso mudarme a un país extraño a jugar a la familia feliz con esa mujer —había sentenciado Valeria en aquel entonces, cruzando los brazos con rebeldía.
Bautista la había mirado desde su sillón, con una frialdad calculadora.
—No te estoy dando opciones, Valeria. Tienes veinte años y no haces nada con tu vida más que gastar mi dinero. O te vienes a Miami bajo mi estricta supervisión para aprender el negocio familiar, o te vas a Córdoba a manejar las sucursales del interior. No te vas a quedar sola en Buenos Aires viviendo de fiesta.
—¡No me puedes obligar!
—Puedo cortar tus gastos mañana mismo —había respondido él, apoyando las manos sobre el escritorio—. Pero te voy a proponer un negocio. Si tanto quieres tu preciada independencia y quedarte en esta capital, me vas a demostrar que sirves para algo serio. Te inscribes en la Facultad de Derecho. En la más exigente. Si mantienes un promedio digno y no debes materias, te sigues quedando sola en el departamento y tus tarjetas vigentes. Al primer aplazo, al primer año que dejes colgado, armas las valijas y vienes a trabajar conmigo bajo mis reglas. Tú eliges, Valeria: las leyes o vivir bajo mi techo con Vanessa.
El recuerdo se disolvió, devolviéndola a la realidad de su habitación. Valeria apretó el teléfono con fuerza. El Derecho nunca había sido su vocación; había sido simplemente el peaje, la moneda de cambio para salvar su libertad y no terminar siendo la sombra de la nueva e insoportable vida de su padre.
—No me tengo que olvidar de nuestro trato, papá. Lo tengo muy presente —respondió Valeria, con una sonrisa felina dibujándose en sus labios en medio de la penumbra—. De hecho, me quedé durmiendo porque hoy pensaba pasarme la noche en vela estudiando.
—Me alegra escucharlo. Espero que estés tomándote la carrera en serio. Sé que esa facultad no perdona los errores.
—No te preocupes. Los profesores son... extremadamente exigentes —comentó ella, sintiendo un escalofrío al pensar en su profesor de derecho romano.
—Bueno, Valeria, me tengo que ir. Vanessa me está esperando para salir a cenar —dijo Bautista, rompiendo el hilo de sus pensamientos—. Pórtate bien y estudia. Te llamo el próximo fin de semana.
—Adiós, papá. Disfruta de tu cena.
Valeria cortó la comunicación y arrojó el teléfono sobre las sábanas revueltas.
Lanzó un bufido y se despojó de la manta pesada, poniéndose de pie. La boca le sabía amarga y la cabeza le daba una última punzada de advertencia, exigiéndole hidratación a gritos. Vestida únicamente con un conjunto de ropa íntima de encaje negro que contrastaba con la palidez de su piel, caminó descalza hacia la cocina de concepto abierto, iluminada solo por las luces LED empotradas bajo las alacenas modernas.
Al pasar frente al gran espejo del pasillo, se detuvo un segundo por puro instinto. A pesar del cansancio, su reflejo mostraba una silueta impecable, resultado de las intensas y religiosas horas que le dedicaba al crossfit cada semana. Tenía un cuerpo fibroso, atlético y de una firmeza envidiable; su abdomen plano revelaba líneas sutilmente marcadas, y sus piernas, largas y torneadas, remataban en unas caderas estrechas pero de curvas bien definidas. Sus hombros y brazos, esculpidos por el esfuerzo de las barras y los entrenamientos funcionales, mantenían una elegancia femenina que no perdía delicadeza, coronada por la suave curva de su cintura pequeña, la misma que unas horas antes había estado encajada a la perfección en la palma de la mano de Damián Salguero.
Entró a la cocina, abrió la heladera de acero inoxidable y sacó una jarra de agua helada. Se sirvió un vaso alto y bebió casi de golpe, sintiendo el alivio fresco bajar por su garganta. Justo cuando apoyaba el vaso vacío sobre la mesada de granito, una punzada aguda y repentina le atravesó la frente, obligándola a cerrar los ojos y a llevarse los dedos a las sienes.
Apretó los dientes, molesta por la persistencia del malestar y, sobre todo, por el rumbo que tomaban sus propios pensamientos.
—Ya basta, Valeria... —se siseó a sí misma en la solemnidad de la cocina a oscuras, su voz apenas un eco de frustración—. No tienes por qué pensar tanto en el “ogro”.
Se obligó a respirar hondo, intentando borrar de su mente la intensidad de la mirada de Damián y la peligrosa cercanía de sus cuerpos en la penumbra del bar. No podía permitir que un profesor estricto y arrogante le quitara el sueño de esa manera, por más atractivo que resultara el desafío de desarmarlo.
Apoyó las palmas de las manos en la superficie fría del granito, dejando que las últimas gotas de agua le humedecieran los labios mientras recuperaba la compostura.
Faltaban menos de cuarenta y ocho horas para volver al aula. El "Ogro" Salguero creía que la facultad era su territorio indomable, su templo de reglas intocables. Pero Valeria Morales ahora sabía que estudiar Derecho era la única forma de conservar su libertad frente a las exigencias de su padre, el juego se volvía doblemente tentador. Con o sin dolor de cabeza, el lunes por la mañana estaría en primera fila, lista para prender la mecha.







