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Capítulo 11: Privilegio y mérito

El reloj de pared de la facultad dejó escapar un crujido mecánico justo cuando las agujas marcaron las diez de la mañana. Damián Salguero cerró su carpeta de un golpe seco, cortando la última frase de su explicación sobre el Corpus Iuris Civilis.

—Es todo por hoy. Pueden retirarse —anunció, sin elevar la voz, pero con una autoridad que no requería amplificación.

El aula pareció exhalar un suspiro colectivo. El murmullo de los estudiantes al guardar sus cuadernos y abrigos se desató con una prisa inusual; todos querían salir rápido, como si temieran quedar atrapados en el campo de fuerza magnético que todavía vibraba entre el estrado y la tercera fila.

Valeria Morales no se movió. Permaneció sentada, con la espalda recta contra el banco de madera y las piernas cruzadas. Sabía perfectamente lo que todos esperaban: que se levantara humillada a buscar su mochila en el pasillo. Pero Valeria no le iba a regalar ese espectáculo a nadie, mucho menos a él. Esperaría a que el aula se vaciara por completo.

A través de las pestañas, observó a Damián. Él se tomó su tiempo. Con una lentitud exasperante, casi coreografiada, guardó los anteojos de lectura en su estuche de cuero, acomodó las tizas en su caja y guardó las carpetas en el maletín. No la miró. Actuaba como si ella no fuera más que un mueble antiguo del salón.

Poco a poco, los pasos de los últimos estudiantes se perdieron pasillo abajo. La pesada puerta de madera del aula se cerró, y el silencio, denso y cargado de una electricidad estática, se adueñó del espacio.

Solo quedaban ellos dos.

Damián terminó de cerrar la traba metálica de su maletín. El sonido metálico resonó como un disparo en la solemnidad del aula vacía. En lugar de tomar sus cosas y marcharse, se apoyó contra el borde del escritorio y, por primera vez en dos horas, clavó sus ojos oscuros directamente en Valeria.

—¿Planea quedarse a vivir aquí, señorita Morales? —preguntó Damián. Su tono era gélido, pero debajo de la superficie corría una corriente peligrosa.

Valeria esbozó una sonrisa lenta, descolgando la campera de cuero del respaldo del banco.

—Estaba esperando a que se despejara el tránsito, profesor —respondió ella, poniéndose de pie con la misma parsimonia. Bajó los escalones de la tercera fila con pasos felinos, deteniéndose a un par de metros del estrado, justo al otro lado de la barrera invisible que los separaba—. Además, me pareció de mala educación interrumpir su ordenada salida.

Damián la recorrió con la mirada. Desde su lacio cabello rubio hasta la firmeza de su postura, esculpida por esas horas de crossfit de las que su cuerpo daba cuenta incluso bajo la ropa de diario. El recuerdo de la transacción física del sábado por la noche en el Faena cruzó su mente como un relámpago oscuro, pero sus facciones permanecieron tan duras como el mármol.

—Lo que usted hizo hoy en mi clase no fue solo una falta de respeto —dijo él, dando un paso hacia ella. Su imponente estatura pareció acortar la distancia de inmediato—. Fue una estupidez. Cree que las reglas no se aplican a usted porque su apellido adorna los directorios de media ciudad.

Valeria soltó una risa suave, un sonido casi íntimo que desafiaba la frialdad del ambiente.

—No involucre a mi familia en esto, Salguero. El reglamento es claro, y yo solo defendí mi derecho como alumna. Usted tiró mis cosas al pasillo como un nene caprichoso porque no soporta que alguien no se arrodille ante su presencia.

—¿Arrodillarse? —Damián repitió la palabra con una gravedad que le erizó los vellos de la nuca a Valeria. Se acercó un paso más, lo suficiente para que ella pudiera percibir el aroma sutil de su loción de afeitar mezclado con el olor a tabaco y cuero—. No confunda los límites, Morales. En esta facultad, yo soy el orden. Y usted es solo una alumna que está a una sola mala nota de perder todo lo que tiene.

La mención implícita de su situación la hizo tensar la mandíbula. Valeria lo miró fijamente, sintiendo cómo el pulso se le aceleraba, no de miedo, sino de una rabia electrizante que amenazaba con consumirla.

—¿Me está amenazando con aplazarme? —siseó ella, acortando la última distancia que los separaba. Ahora estaban tan cerca que Valeria tenía que inclinar ligeramente la cabeza para sostenerle la mirada.

—No necesito amenazarla —respondió Damián, bajando la voz a un susurro áspero que le rozó los labios—. Solo tengo que exigirle el triple que al resto. El lunes que viene es el recuperatorio oral. Si usted patina en una sola definición del derecho de familia o de las obligaciones, la voy a reprobar sin que me tiemble el pulso. Y los dos sabemos qué pasa si usted pierde la regularidad de esta materia, ¿verdad?

Valeria contuvo el aliento El pánico de verse obligada a armar las valijas para Miami, a vivir bajo el techo de Vanessa y la sombra de Bautista, la golpeó en el pecho, pero se negó a mostrar debilidad.

—Es usted un monstruo —susurró Valeria, sus ojos centelleando con una mezcla de odio y una fascinación que no podía controlar.

—Soy el titular de la cátedra —corrigió él, con una frialdad implacable.

Damián se dio la vuelta, caminó hacia la puerta del aula y la abrió. En el suelo del pasillo, la mochila de Valeria seguía exactamente donde él la había dejado. Con un movimiento elegante, Damián la levantó del suelo y se la extendió, sosteniéndola por la tira.

—Su mochila, Morales. Estudie para el lunes. No querrá que su próximo viaje sea de solo ida.

Valeria caminó hacia él, le arrebató la mochila con un tirón violento y lo miró fijamente a los ojos, a escasos centímetros de su rostro.

—Prepárese para el lunes, profesor —le susurró al oído, dejando que su aliento cálido le rozara la oreja antes de dar un paso atrás—. Porque voy a dar la mejor lección de su vida. Y no va a tener otra opción que ponerme un diez.

Sin esperar respuesta, Valeria se dio la vuelta y caminó por el pasillo de mármol, el sonido de sus pasos firmes resonaba en la galería. Damián Salguero espiró hondo, intentando que el aire frío del edificio histórico aplacara la irritación que esa muchacha lograba provocarle con tanta facilidad.

Se acomodó el cuello del saco gris y comenzó a caminar con paso firme hacia la salida del pabellón. Sin embargo, apenas había avanzado unos metros cuando divisó a una joven que revisaba unos apuntes apoyada contra una de las columnas del ala este.

Era Carla. Damián la reconoció de inmediato; era una de las pocas mentes brillantes de ese año y, además, la sombra constante de Valeria.

—Señorita... Giménez—la llamó Damián, deteniendo su paso. Su voz, aunque severa, carecía de la hostilidad con la que solía dirigirse a los demás.

Carla levantó la vista del cuaderno sobresaltada. Al ver al imponente profesor Salguero frente a ella, cerró el anotador con prisa y se acomodó la correa de la cartera, mostrando un respeto casi reverencial.

—Buenos días, profesor, ¿cómo está? ¿Qué necesita? —saludó con amabilidad, aunque un sutil brillo de nerviosismo delataba el respeto que le imponía la figura del "Ogro".

—Quería hablar un momento con usted —dijo Damián, dando un paso hacia ella—. No tuve oportunidad de decírselo al entregar las notas, pero quería felicitarla formalmente. Su examen de Derecho Romano fue, por amplio margen, el mejor de toda la cursada. Y he estado revisando su legajo; su rendimiento académico general en la facultad es sobresaliente.

Carla parpadeó, sorprendida por el elogio directo de un docente que rara vez regalaba una palabra de aliento. Una sonrisa sincera y cargada de alivio iluminó su rostro.

—Muchas gracias, profesor. De verdad significa muchísimo para mí que me lo diga —respondió, apretando el cuaderno contra su pecho—. Hago un esfuerzo muy grande todos los días. Como usted sabe, estoy aquí gracias a una beca completa, y no puedo permitirme el lujo de bajar el promedio ni un solo punto.

Damián asintió en silencio, escuchándola con atención. Había algo en la mirada de Carla, una mezcla de determinación y humildad, que él respetaba profundamente.

—Quiero ser alguien importante en esta profesión, profesor —continuó Carla, con la voz firme pero cargada de emoción—. Necesito recibirme pronto y con honores. Mi mamá trabaja demasiado para sostener a mis hermanos menores, y mi única meta es poder ayudarlos, sacar a mi familia adelante y demostrar que todo el sacrificio de estos años valió la pena.

Damián la observó con una calidez humana muy extraña en él. Por un instante, la máscara del docente implacable se deslizó para dejar ver al hombre que valoraba el mérito real por encima de los apellidos.

—La disciplina y la claridad de objetivos siempre dan frutos, señorita —le dijo Damián, con un tono pausado y sincero—. Continúe por ese camino, no baje los brazos. No tengo la menor duda de que va a lograr absolutamente todo lo que se proponga en la vida. Personas con su empuje son las que dignifican esta carrera.

—Muchas gracias por sus palabras, de verdad —agradeció Carla, visiblemente conmovida.

Damián dio medio paso hacia atrás, disponiéndose a retomar su marcha, pero se detuvo un segundo. Clavó su mirada en el pasillo por donde Valeria había desaparecido hacía apenas unos minutos y luego volvió a mirar a Carla.

—Ah, y una última cosa... —añadió, entornando los ojos con una mezcla de ironía y advertencia—. Hágale un favor a su amiga Valeria y ayúdela a estudiar. El examen del lunes va a ser implacable, y sospecho que le va a hacer mucha falta su ayuda si quiere seguir perteneciendo a esta facultad.

Carla tragó saliva, comprendiendo de inmediato la advertencia implícita sobre la tormentosa relación entre su amiga y el profesor.

—Lo haré, profesor. Se lo prometo —respondió con seriedad.

—Que tenga un buen día.

Damián se dio la vuelta y se alejó con paso marcial por el pasillo, dejando a Carla con una mezcla de orgullo por sus propios logros y una profunda preocupación por el destino de Valeria.

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