Amatista se dejó caer sobre la cama de la suite, el cuerpo hundiéndose entre las sábanas suaves mientras sus pensamientos zumbaban como un enjambre de abejas. Había mucho que procesar tras su encuentro con Isabel, pero no podía evitar sentir una mezcla de alivio y melancolía. Isabel le había confesado verdades que dolían como un hierro candente, pero al mismo tiempo, saber que Romano siempre quiso decirle la verdad le daba un extraño consuelo.
Romano. El hombre que había sido un padre para ella