Amatista despertó temprano aquella mañana, sintiendo el peso de los últimos días en sus hombros. Desde que Enzo había traído todas sus cosas, incluida su computadora portátil, una chispa de determinación había comenzado a encenderse en su interior. Sabía que no podía quedarse estancada, y aquella oportunidad era demasiado valiosa como para dejarla pasar.
La luz del sol entraba tímidamente por las cortinas de la suite, iluminando la habitación con un resplandor suave. Aún en bata, con el cabello