El suave y constante pitido del monitor era el latido del nuevo mundo de Amatista. Felipe, estabilizado, pero aún frágil como un cristal dentro de su incubadora, era el centro de su universo. Cada pequeña respiración que lograba por sí solo era una victoria, cada bajada en su saturación de oxígeno, una guerra. El instinto maternal, ese que había sobrevivido al naufragio de su memoria, se había transformado en una fuerza de vigilancia constante.
—Gustavo —susurró, sin apartar los ojos de su hijo