La mansión Bourth se había convertido en el escenario de una partida silenciosa. Enzo, con una calma que era la antesala de la tormenta, supervisaba el equipaje mínimo de sus hijos. No eran maletas de vacaciones, sino un traslado táctico.
—¿Vamos a un viaje de negocios, papá? —preguntó Renata, abrazando a su muñeca con una mezcla de excitación y aprensión.
—Sí, preciosa —respondió Enzo, alisándole el cabello. Su mirada se encontró con la de Alicia, quien observaba desde la escalera, envuelta en