El jet privado aterrizó en la pista privada de Montresaa con un rugido que se apagó hasta convertirse en un gemido. Enzo no esperó a que la escalerilla estuviera completamente firme. Bajó con pasos largos y urgentes, seguido de cerca por Roque, cuya expresión era una máscara de preocupación contenida. Detrás, una niñera, contratada apresuradamente y sometida a los más exhaustivos controles de seguridad, ayudaba a un somnoliento Abraham y a una Renata llorosa a descender. No había sido un viaje