La suite presidencial del hotel más lujoso de Montresaa era una burbuja de silencio en medio de la tormenta que se gestaba. Enzo permanecía de pie frente al ventanal, observando la ciudad que se extendía a sus pies. No veía la belleza de la arquitectura antigua ni el brillo del mar a lo lejos. Solo veía un tablero de ajedrez, y sus piezas, finalmente, se movían para el jaque mate.
—Está todo listo —anunció Roque, cerrando su teléfono satelital. Su rostro, usualmente una máscara de impasibilidad