El aire en la habitación del hospital rural era pesado, cargado con el olor del antiséptico, la lejía y un miedo agrio que se pegaba al paladar. El suave y constante pitido que había sido la banda sonora de sus días junto a la incubadora de Felipe se había transformado en una alarma estridente, aguda, una sirena de muerte que helaba la sangre en las venas. Amatista, que se había adormilado con la cabeza apoyada en el frío cristal de la cuna de acrílico, se incorporó de un salto, el corazón embi