Los susurros y caricias bajo el saco continuaban, el calor entre ellos incrementando con cada roce, con cada leve presión. Amatista sentía el cuerpo de Enzo reaccionar ante su toque, su dureza creciente cada vez más evidente bajo la tela de su pantalón.
Se mordió el labio, complacida.
Sabía exactamente lo que estaba logrando.
Entonces, acercando sus labios a su oído, le susurró con una sonrisa provocadora:
—Amor… ¿cuánto más pensás aguantar antes de hacer algo al respecto?
Enzo cerró los ojos p