El sábado por la mañana, Amatista y Enzo partieron rumbo a la mansión de campo Bourth. El clima era perfecto: el cielo despejado, el aire fresco y una leve brisa que hacía que el viaje resultara placentero.
Enzo conducía con su postura relajada, una mano en el volante y la otra descansando sobre la pierna de Amatista, en una caricia distraída pero posesiva.
—¿Estás lista para tu primera lección oficial de manejo? —preguntó con una sonrisa ladina.
Amatista resopló, divertida.
—Más que lista. Aun