Mundo ficciónIniciar sesiónSarah Clark lo perdió todo en una sola noche. Su esposo, Miguel Hans, no solo le arrancó el corazón al arrebatarle la custodia de su pequeña hija, Joe; también le robó el legado de su familia, hundiendo la empresa de sus padres en la miseria mientras se exhibía con su nueva amante: Emma, la propia prima de Sarah. Sin dinero, sin aliados y al borde del abismo, Sarah se ve obligada a pactar con el diablo, Alejandro Ríos. Un Magnate implacable que no acepta un "no" por respuesta. Él le ofrece a Sarah el trato más peligroso de su vida: 365 días bajo su dominio total a cambio de destruir a Miguel y devolverle a su hija. Sarah acepta el trato, sabiendo que Alejandro no solo quiere que sea su empleada; sino su amante. En un mundo de lujos y excentricidades, Sarah descubre que su salvador también es su carcelero. Mientras Alejandro destruye a Miguel, Sarah se encuentra atrapada en una red de deseo oscuro y celos letales. Cada caricia de Alejandro es un recordatorio de que ella le pertenece, y cada mirada de desprecio hacia su pasado es un paso más hacia una pasión que amenaza con consumirlos a ambos. ¿Podrá Sarah recuperar a su hija sin perder su alma en el proceso? ¿Es Alejandro el héroe que la rescatará del infierno, o simplemente el hombre que la hará arder con más fuerza?
Leer másPrólogo.
Hace seis años, en el bar Eclipse, Sarah, la joya consentida del Grupo Cielo, estaba completamente borracha. Su cumpleaños número veintiuno se había celebrado por todo lo alto y el alcohol había liberado la versión más audaz y menos sensata de sí misma. Pero no era el alcohol lo que mantenía su mente aislada del momento, era el peso de cargar con un apellido poderoso. De actuar conforme lo exigía una dinastía llena de opulencia y responsabilidades delegadas que asfixiaban su juventud. Con pasos torpes, se dirigió a la más lujosa de las salas privadas, se quitó los tacones, y se tiró en un sofá de terciopelo rojo, envuelta en una felicidad etílica y momentánea, flotando entre sensaciones que ya no distinguía con claridad. Sarah cerró sus ojos y permitió que la música lejana disolviera lentamente sus pensamientos, hundiéndose en un letargo profundo donde el mundo exterior dejó de existir. No supo cuántas horas pasó en ese estado de inconsciencia. Amelia; su mejor amiga, durante toda la noche bromeó con contratar a un stripper para animar la celebración y, después de eso, la dejó sola para irse a atender un "asunto privado". »“Vuelvo en cinco minutos”, dijo, hace mucho más de una hora. Cuando Sarah finalmente logró entreabrir los ojos, la habitación estaba completamente oscura y el silencio era absoluto. Se sentía desorientada, su ropa estaba desordenada en el suelo y una sensación extraña en el cuerpo que atribuyó a la resaca y a la mala postura mientras dormía. Su mente, en ese momento, era un lienzo en blanco; no recordaba que alguien había entrado a su suite, ni sus besos, sus caricias, ni siquiera la presencia de aquel hombre que la había llamado por su nombre con una familiaridad que ahora ella no recordaba. Para Sarah, la noche simplemente se había desvanecido después de que Amelia se marchó de la fiesta. Poco antes del amanecer, Amelia regresó a la suite mucho más ebria de lo que ya estaba, encendiendo las luces con brusquedad y adentrándose a la habitación con un escándalo característico de su persona. Sarah ya estaba tratando de arreglarse para ir a casa. —¡Este bar es un desastre! —dijo Amelia, llena de rabia, lanzando su bolso sobre una mesa—. La recepcionista envió al stripper que contraté a otra sala por error. ¡A otra sala! ¿Puedes creerlo? Acabo de pelear por mi reembolso... me ha hecho perder el tiempo. Sarah se quedó inmóvil, sus manos se pusieron frías y su rostro pálido. Un escalofrío le recorrió la espalda cuando los retazos de la noche comenzaron a chocar en desorden dentro de su cabeza. —Entonces... ¿Esos recuerdos vagos que llegan a mi cabeza, no son reales? —se preguntó ella, en un susurro. —Nunca antes me había sentido tan estafada como esta noche —respondió Amelia, soltando un bufido pesado—. Y lo peor no es eso. Acabo de hablar con la hermana de Alejandro afuera. Me dijo que él se fue, Sarah. Se fue del país hace apenas un par de horas. La borrachera de Sarah terminó de evaporarse de golpe. —¿Qué? ¿De qué hablas? —Lo que oyes. Al parecer lo tenía planeado desde hace tiempo. Terminará sus estudios en el extranjero. No quiso despedirse de nadie, ni de su familia, ni de sus amigos. Camila dijo que no piensa volver. Sarah buscó su celular con manos temblorosas y encendió la pantalla. Allí, entre mensajes y felicitaciones inútiles, había un mensaje de él. 》“Voy a buscarte. Hoy es tu cumpleaños, podemos hacer lo que quieras. Feliz cumpleaños”. La sensación de abandono fue como un golpe físico. Alejandro era su apoyo, el chico brillante que siempre había estado en las sombras de su círculo social, el único que parecía entenderla de verdad. Que se marchara así, sin una explicación, se sentía como una traición devastadora a su amistad. La rabia comenzó a sustituir el dolor. Marcó su número una, dos, tres veces, buscando una respuesta que justificara su huida, pero la llamada nunca cayó; el número “no estaba disponible”. Él la había bloqueado. La había desechado como si sus años de amistad no valieran nada. En medio de ese torbellino de amargura, recordó que, en el evento de la tarde, Miguel Hans, el hombre que había estado enamorado de ella durante muchos años, le había pedido matrimonio. Y no solo eso, le prometió usar la influencia de su apellido para asegurar sus contratos y salvar al Grupo Cielo. Salvación a cambio de un matrimonio arreglado. Sarah apretó el móvil en su mano. En ese momento, herida por la traición de Alejandro y sintiéndose sola en la cima de su imperio, no encontró ninguna razón lo suficientemente fuerte para negarse a la propuesta de Miguel. Pensó en las cadenas de suministro de la empresa familiar; el Grupo Cielo se estaba desmoronando de a poco, aunque sin hacer ruido. Amenazando con arrastrar a su padre a la ruina inminente. La supervivencia de su familia y su propio orgullo herido eran más importantes que el recuerdo de un amigo que la había abandonado sin una explicación. Al día siguiente, Miguel la invitó a ver vestidos de novia en la boutique más exclusiva de la ciudad. El compromiso se hizo público en cuestión de horas. Justo cuando ella agarró la mano extendida de Miguel y subió al lujoso vehículo bajo las miradas de envidia de todos, sintiéndose protegida por el poder de los Hans, giró la cabeza para despedirse de su amiga Amelia y, por un instante, creyó verlo de reojo en la acera opuesta. Alejandro. Él estaba de pie en la esquina, con el rostro parcialmente oculto entre las sombras, mirando directamente el vehículo. Sus ojos oscuros, que Sarah siempre había considerado su refugio, ahora solo albergaban una fría y devastadora indiferencia. No hizo ningún gesto por detenerla, ni mostró arrepentimiento alguno por dejarla ir. Sarah sintió un escalofrío que le heló la sangre. No sabía si en realidad él estaba allí, siendo testigo de su decisión o si lo había imaginado. El vehículo aceleró, dejando atrás la incertidumbre de Sarah y la verdad de lo que pudo haber sido y no fue. Sarah cerró los ojos y se concentró en el cálido agarre de Miguel, obligándose a creer que estaba haciendo lo correcto... aunque por dentro comenzaba a sentir los arañazos de un arrepentimiento que la perseguiría durante los próximos años.Capítulo 66Alejandro.Ernesto se sirvió un poco más de coñac, haciendo sonar el cristal del vaso con una lentitud que me crispaba los nervios. Se giró hacia mí, mirándome por encima del hombro con esa expresión implacable que utilizaba en las juntas de accionistas cuando estaba a punto de acabar con una empresa competidora.—Debemos oficializar este compromiso de inmediato —sentenció mi padre, dando un sorbo corto—. No quiero rumores en la prensa antes de tiempo. Quiero que presentes a tu prometida en la casa de la familia la próxima semana. Y más te vale que sepas comportarte, Alejandro. Aunque esto sea solo un compromiso por conveniencia para calmar las aguas en el Grupo Ríos, debes portarte a la altura con ella. No podemos permitirnos un paso en falso.Lo miré fijamente, sintiendo una mezcla de rabia en mi pecho por el hombre que me había enseñado que el mundo se dividía únicamente entre compradores y mercancía. Me la chaqueta de mi traje y di un paso hacia el frente, sosteniéndol
Capítulo 65Sarah.Conducía sin rumbo fijo, con las manos aferradas al volante con tanta fuerza que me dolían, pero ese dolor no era nada comparado con el agujero negro que se había abierto en mi pecho. Las lágrimas me nublaban la vista por completo. De pronto, la cabeza me dio un vuelco tan fuerte que las luces de la autopista se convirtieron en líneas difusas. Un mareo espantoso, cegador, me golpeó el estómago. Perdí la noción de dónde estaba por una fracción de segundo. Instintivamente, pisé el freno a fondo.Los neumáticos chillaron contra el pavimento. El coche se detuvo de golpe en el arcén de la carretera, a escasos centímetros de la valla. El cinturón de seguridad se clavó con fuerza en mi clavícula, obligándome a soltar el aire atrapado en mis pulmones.Apoyé la frente sobre el volante, jadeando, sintiendo los latidos de mi corazón retumbar en mis oídos como tambores de guerra.—Es por la rabia —me dije a mí misma, apretando los dientes mientras cerraba los ojos para detene
Capítulo 64Sarah.El espacio justo al lado del espejo de mi habitación había quedado vacío. El lugar donde antes colgaba el calendario con sus cruces rojas ya no conservaba ni el rastro, y cada vez que pasaba por delante, sentía una extraña mezcla de alivio y vértigo. Ya no contaba los días para huir. Ya no miraba el reloj esperando que el contrato expirara. Por primera vez en tanto tiempo, estaba viviendo en el ahora.La convivencia en la casa había cambiado drásticamente. El aire ya no pesaba. Alejandro se había convertido en una presencia constante y cálida; sus manos siempre buscaban las mías durante el desayuno, y sus ojos me seguían con una suavidad que me hacía bajar la guardia un poco más cada día.Habíamos pasado de ser enemigos en una guerra de trincheras a ser compañeros en una rutina que, sorprendentemente, me gustaba.Esa tarde, me sentía más optimista que nunca. Había salido antes de la oficina, dejando a Alejandro en una reunión que parecía que se alargaría. Quería es
Capítulo 63Sarah.El silencio en la terraza era tan denso que podía escuchar el crepitar de las velas. Sostenía el anillo entre mis dedos, sintiendo el metal frío contra mi piel, un contraste absoluto con el fuego que emanaba de la mirada de Alejandro.Lo miré, y por un segundo, ya no era el verdugo que me obligó a firmar un papel; era alguien que me miraba con una súplica silenciosa, con el alma en un hilo.—Alejandro… —mi voz tembló, pero esta vez no fue de miedo—. He pasado mucho tiempo huyendo de ti, incluso estando a tu lado. He pasado meses contando los días para que mi libertad llegara, sin darme cuenta de que esa libertad la encontraría justo cuando dejara de odiarte.Él no se movió, apenas parecía respirar.—Tengo miedo, sí. Miedo de que mañana despiertes y vuelvas a ser de piedra. Pero tengo más miedo de irme y pasar el resto de mi vida preguntándome qué habría pasado si hubiera sido lo suficientemente fuerte para seguir a tu lado —tomé aire y cerré los ojos un segundo—. As
Último capítulo