San bernardo

Nos quedamos en el sofá un buen rato, disfrutando del calor de la tarde, con la música suave de fondo. Él estaba sentado a mi lado, y de repente se inclinó un poco hacia mí, con esa mirada traviesa que siempre me hacía sonreír.

—Te voy a hacer una cosa —dijo, y antes de que pudiera reaccionar, sus dedos comenzaron a rozar mis costillas suavemente.

Solté una carcajada inmediata.

—¡Eh! —reí, intentando apartarme—. ¡Nooo, no empieces!

Pero él no paró, y entre risas, empujones suaves y cosquillas, los minutos se nos escaparon. Mi estómago dolía un poco de tanto reír, pero no me importaba. Había algo liberador en dejarme llevar, en sentirme vulnerable y feliz a la vez.

Cuando por fin se detuvo, nos quedamos apoyados el uno en el otro, respirando con calma, todavía con las manos enlazadas de vez en cuando, sonriendo sin decir nada.

—Eres imposible —dije entre risas, apoyando la cabeza en su hombro.

—Y tú eres divertida —replicó, acercando su cara a la mía—. Demasiado divertida.

Nos acomodamos de nuevo en el sofá, más tranquilos esta vez, con los teléfonos en la mano. Yo revisaba I*******m mientras él hojeaba mensajes, sin apartarnos demasiado, disfrutando de la cercanía. Era uno de esos momentos que se sentían eternos, donde no hacía falta hablar mucho para sentirse increíblemente cerca.

De repente, mi teléfono vibró con una notificación. Abrí I*******m y vi que la protectora de animales que seguía había publicado algo nuevo.

Un cachorro de San Bernardo aparecía en la pantalla, con esas patitas enormes y esa mirada dulce que te hace derretirte al instante. La descripción decía que buscaba hogar y que era muy cariñoso.

—Oh… —susurré, casi sin pensar—. Es enorme… y tan bonito.

Él se inclinó hacia mí, apoyando la barbilla sobre mi hombro, mirando la pantalla con una sonrisa divertida.

—Vaya —dijo—. Parece que alguien quiere que tengas otra responsabilidad.

—No puedo evitarlo —dije, tocando la pantalla como si pudiera acariciarlo a través del móvil—. Es adorable. ¿No crees que se merecería una familia buena?

—Sí —dijo, mirándome a los ojos—. Y creo que si alguien puede darle amor, eres tú.

Sonreí, sintiendo ese calor en el pecho que siempre me provoca cuando está cerca. Un cachorro enorme, tierno y cariñoso, y él al lado, compartiendo mi emoción, hacían que la tarde se sintiera perfecta.

Nos quedamos un rato más mirando fotos y vídeos de cachorros, riéndonos de sus travesuras y soñando en silencio con lo bonito que sería cuidarlo juntos algún día. No hacía falta decir más; la felicidad estaba en la simpleza de ese momento, en la risa compartida y en la sensación de que, sin prisa, estábamos construyendo algo real y sólido.

~Perspectiva de Adrián~

Me senté junto a ella en el sofá, viendo cómo se iluminaba la pantalla de su móvil con la foto del cachorro de San Bernardo. Su reacción me arrancó una sonrisa inmediata: los ojos brillantes, esa mezcla de ternura y emoción contenida que siempre conseguía que me derritiera por dentro. Era imposible no querer protegerla, cuidarla, hacerla feliz en cada pequeño detalle.

Ella ni siquiera me miraba, pero yo podía sentir cómo cada gesto suyo me afectaba. El modo en que se inclinaba sobre el teléfono, cómo sus dedos rozaban la pantalla como si pudiera acariciarlo a través de la distancia digital… me recordaba a la primera vez que la había visto concentrada en algo que amaba, y cómo me había atrapado sin darme cuenta.

—Vaya —susurré para mí mismo, con una sonrisa—. Qué fácil es que se me escape el corazón por ella.

La música de fondo, sus risas, el aroma de su café todavía flotando en el aire… todo me hacía querer que esos momentos no acabaran nunca. Y entonces, un pensamiento cruzó mi mente: podía hacer algo que la sorprendiera y le alegrara el día.

Me levanté discretamente, dejando que ella siguiera concentrada en la pantalla. Di unos pasos hacia el baño, intentando parecer casual, pero con la mente a mil: debía organizar algo especial, algo que pudiera regalarle sin que ella se diera cuenta todavía.

El baño estaba pequeño y silencioso, y por un momento me sentí ridículo hablando solo al teléfono mientras llamaba a la protectora:

—Hola, buenas… sí, quería preguntar por un cachorro… Sí, el de San Bernardo que publicaron hoy…

—Perfecto, entiendo… sí, puedo organizarlo… Muy bien, gracias.

Colgué y respiré hondo. Todo estaba en marcha. La idea de sorprenderla me hizo sonreír; imaginar su reacción, su emoción contenida, su sonrisa… eso era suficiente para llenar mi pecho de alegría.

Salí del baño y la vi todavía en el sofá, concentrada en su teléfono, sin sospechar nada. Me acerqué y apoyé una mano suavemente sobre su hombro.

—Todo tranquilo —susurré, sin revelar nada—. Solo quería estirarme un poco.

Ella levantó la cabeza, sonriendo, y yo volví a acomodarme a su lado, disfrutando de la proximidad sin hacer nada más que compartir el silencio y la calidez de la tarde.

No podía dejar de pensar en ella, en cómo me hacía sentir cada pequeño gesto, cada risa compartida, cada mirada silenciosa. Y mientras nos sentábamos juntos en el sofá, disfrutando de la música y del momento, supe que la sorpresa que había preparado para más adelante le haría sonreír tanto como yo ahora.

El cachorro no llegaría todavía, y eso estaba bien. La magia estaba en anticiparlo, en tener algo guardado solo para ella, para sorprenderla más adelante. Por ahora, solo disfrutaría de la tarde, de las risas, de la cercanía, y de ese silencioso cariño que ya sentía crecer entre nosotros.

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