Nos quedamos en el sofá un buen rato, disfrutando del calor de la tarde, con la música suave de fondo. Él estaba sentado a mi lado, y de repente se inclinó un poco hacia mí, con esa mirada traviesa que siempre me hacía sonreír.
—Te voy a hacer una cosa —dijo, y antes de que pudiera reaccionar, sus dedos comenzaron a rozar mis costillas suavemente.
Solté una carcajada inmediata.
—¡Eh! —reí, intentando apartarme—. ¡Nooo, no empieces!
Pero él no paró, y entre risas, empujones suaves y cosquillas,